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Full text of "El Japon"

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II J 1 



PINTORESCOS 



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L JAPÓN 





THE LIBRARY 

OF 

THE UNIVERSITY 

OF CALIFORNIA 

LOS ANGELES 



EL JAPÓN 



EN LA MISMA COLECCIÓN 



JuDiTH Gautier : LA CHINA 

Comandante HaÍllot : MARRUECOS 

\'. H. Frifdel : ESPAÑA 

Juan Bayet : EGIPTO 

Marcelo Pionmer : LA INDIA 

Brieux: ARGELIA 

Enrique de Novsanne : RUSIA 

ESCOCIA 



Estat oirás han ¡\do favorec':dai con una subsctipcijn por los Goíiet nos 
francés, ingles, ere. 



Jiesejvados los derechos de traducción y de r coproducción en toJos los f>a(ses. 




VENDEDORA DE CRISANTEMOS 



125' 130f 135° lltO" 




MAPA DEL JAPÓN 



DS 



PROLOGO 



717320 



PROLOGO 

" i Emprender un viaje pintoresco ! " ¡ Qué emoción 
producían estas sencillas palabras en nuestra alma de 
niños, y qué deliciosa turbación despiertan todavía en 
nosotros ! 

Vivir es esperar. En realidad, no vivimos sino en 
espera de no se sabe qué cosa agradable, de algo que 
probablemente llegará de un momento á otro . . . 
luego . . . mañana ... ó el año que viene. Acaso 
todo haya cambiado entonces ; serán otras las con- 
diciones de nuestra vida ; habremos vencido tal ó cual 
dificultad, triunfado del obstáculo que se oponía á 
nuestra felicidad, á la realización de nuestros deseos 
de ambición ó de amor. La infancia y después la 
adolescencia, transcurren así invocando al porvenir, 
soñándole resplandeciente de mágicos colores. Ser 
joven es esperar, sin motivo justificado y á pesar de 
uno mismo, en el infinito — es decir, viajar en espíritu 
hacia horizontes siempre renovados — anticipándose á 
todas las alegrías. 

La mayor parte de los hombres, retenidos en los 

— 9 — 



Prólogo 

mismos sitios por necesidad, acostúmbranse á no 
esperar nada. Han aprendido, más ó menos pronto, 
que el mañana será, para ellos, igual al ayer ; la ciudad, 
la aldea ó el campo en donde viven, no les enseñarán 
nunca otras cosas que las que ya conocen. 

En cuanto adquieren la certidumbre de ello, 
han envejecido, verdaderamente envejecido de mala 
manera ; pero aun entonces ocurre que las suges- 
tivas palabras ; " emprender un viaje pintoresco " 
reaniman, en ellos, la fuerza para esperar, para soñar, 
para querer y para obrar. La ilusión fecunda de que 
habla el poeta vuelve á anidar en su corazón ; y desde 
que comienzan el viaje, creen, como el héroe de 
Cervantes, que á cada recodo del camino va á surgir la 
Aventura, lo nuevo, el acontecimiento exquisito que 
los sedentarios — al menos así lo creen ellos — no 
sabrían encontrar. 

Y este es precisamente el encanto del viaje : la 
indefinida renovación de nuestra facultad de esperar 
con alegría. Viajar es esperar, y esta es la razón de por 
qué muchas veces los viajes son el remedio eficaz 
contra las penas, porque nos obligan á seguir esperando. 
El deseo de viajar es esencialmente un deseo de cosa 
nueva y entretenida, de algo inédito, de algo novelesco 
ó fantástico, y en todo caso de algo no visto. 

El exotismo en literatura ha sido un rejuveneci- 
miento. 

El Robinsón Crusoé es el prototipo de los viajes, y 
— 10 — 



Prólogo 

jamás libro alguno tuvo un éxito tan grande y tan 
duradero. 

La aparición de Pablo y Virginia, fué una revelación. 
Eran Adán y Eva, niños, en un paraíso nuevo. El 
viaje había rejuvenecido la inocencia y hasta el amor. 

Con Fierre Loti y con Chateaubriand, se vivificaron 
la curiosidad y la esperanza. 

Nosotros, escolares del siglo XIX ¿ no hemos leído 
con avidez, tras una muralla de diccionarios, anodinas 
historias sin ilustraciones de cacerías en América, de 
apaches y de gitanos ? En cuanto á la verdadera geo- 
grafía y etnografía científicas, antes de los hermanos 
Reclus, se nos presentaba sin adornos, sin amenidad, 
sin colorido, en libros enfadosos que frecuentemente 
rechazábamos. 

Se ha llegado á comprender hoy que los libros de 
" instrucción " destinados á los niños, deben dirigirse á 
su sensibiHdad, á fin de excitar en ellos " la esperanza," 
la sana curiosidad, es decir, la alegría de vivir. 

La Casa Editorial Hispano-Americana ha empren- 
dido la publicación de esta nueva serie de obras con 
ilustraciones magníficamente reproducidas — preciosos 
documentos — destinadas á la vez á los escolares y á 
los hombres, obras de educación y entretenimiento para 
unos y álbum de recuerdo para los demás. 

Los seis primeros volúmenes están dedicados á 
España, Marruecos, Egipto, India, China y Japón. 

No hacemos la crítica de los textos, debidos 

— 13 — B 



Prólogo 

á los señores : Friedel, bibliotecario del Museo 

Pedagógico, autor del volumen sobre España ; 

commandante Haillot, destacado en Casablanca, 

que ha escrito el referente á Marruecos ; 
Bayet, agregado al ministerio de Instrucción 

Pública, autor del libro sobre Egipto ; 
capitán Marcelo Pionnier, comisionado oficial por 
el Gobierno, autor del libro acerca de la 
India ; y por último 
la señora Judith Gautier, miembro de la 
Academia Goncourt, autora de los libros 
sobre la China y el Japón. 
Entre los firmantes de los seis volúmenes que 
seguirán, se encuentran los señores Brieux, de la 
Academia francesa, que escribe el libro sobre Argelia, 
Noussanne, autor del libro sobre Rusia, etc. etc. 

Con tales nombres, las obras se recomiendan por sí 
mismas ; pero lo que puede particularmente, indicarse, 
es el interés que ofrecen las preciosas láminas en color 
con que están enriquecidos estos libros. El positivo 
valor documental de dichas láminas constituye su 
principal mérito. Muchas de estas ilustraciones son 
fotografías en color tomadas del natural, otras son 
acuarelas ejecutadas, desde luego, tomando por modelo 
á la naturaleza, y todas ellas son " retratos justos y 
vivientes de los diversos países." 

Ilustrado con tales imágenes, el texto hablará á los 
ojos de los niños, cautivando su atención, haciendo que 
— 14 — 



Prólogo 

después de haberlas visto, no olviden nunca el país por 
el que creerán que han viajado efectivamente. 

En cada serie, se resume los diferentes caracteres 
generales de las grandes comarcas que se ofrecen á 
nuestra vista. 

La fotografía contemporánea nos ofrece por todas 
partes, y en cualquier momento, datos precisos, pero 
no con la profusión y amenidad de los colores, que, 
para chicos y grandes, es uno de los mayores atractivos. 
Acordémonos de la influencia que las viejas estampas 
ejercieron en nuestros cerebros infantiles, i Felices los 
niños de hoy ! 

¡ Con qué palabras, á menos de ser un Fierre Loti, 
se dará al lector la idea de lo que puede ser un príncipe 
indo, un maharadja en traje de gala ! ¿ Cómo saber 
que el elefante que lleva á este personaje está revestido 
de un brocado de oro, que el carro sin ruedas, el solio 
que se ve sobre el lomo del enorme animal no es, como 
el príncipe, sino una cascada de oro ? Únicamente 
la imagen en color puede decirlo ; por sí sola es 
un cuento de hadas, y he aquí un buen procedimiento 
para enseñar á los niños lo que es un maharadja 
y en qué suntuosidades se encuentra, bajo un quitasol 
de oro y sobre un elefante cubierto de piedras 
rutilantes. 

El texto de los volúmenes sobre la China y el Japón, 
es debido á la pluma de la señora Judith Gautier. 
Nadie mejor que ella puede hablar de esta China 

— 15 — 



Prólogo 

" que ha inventado todo ó casi todo, en una época de 
las más remotas." 

Esta serie de doce viajes pintorescos, tendrá una 
verdadera significación educativa. 

Juan Aicard, 
De la Academia francesa. 



16 



EL JAPÓN 

SUS ORÍGENES 

Los eruditos japoneses se ven obligados á confesar 
su ignorancia acerca de los orígenes de su nación. 
Respecto de este punto, la Historia tiene que ceder la 
palabra á la leyenda. Muchas son las hipótesis que 
pretenden arrojar alguna luz sobre los obscuros 
comienzos de la nación nipona, pero no nos deten- 
dremos en examinar sino una : la más curiosa. 

Hacia el siglo VH antes de Jesucristo, reinaba en 
China el terrible Si-Kouo, verdadero Nerón del 
Celeste Imperio, cuyos crueles y costosos caprichos 
arruinaban á sus subditos, quienes vivían en perpetua 
zozobra. 

Un día mandó hacer una oquedad tan grande como 
un lago y, llenándola de vino en vez de agua, se paseó 
por ella en una barca con toda su corte. 

En otra ocasión edificó un palacio de grandes 
dimensiones mandando que todas las piezas fueran de 
oro y plata. La historia de la China, que refiere estos 

— 17 — 



El Japón 

hechos, dice que, cuando más tarde, durante una 
guerra civil, incendiaron este palacio, tardaron tres 
meses en enfriarse sus cenizas. 

No hay por qué decir que para cubrir estos gastos se 
levantaron impuestos verdaderamente onerosos. Nadie 
sabía al acostarse si al amanecer le pertenecía un campo 
ó se lo encontraría devastado y hasta confiscado por el 
placer del príncipe. Los que le rodeaban diariamente 
eran los más ansiosos ; un tirano que se burlaba de la 
vida humana y que por cualquier falta pequeña y, á 
veces, sin razón ni motivo alguno, hacía rodar las 
cabezas á sus pies, tenía que inspirar terror. Era tan 
temido como odiado ; pero él no se preocupaba. 
I Qué le importaban los sentimientos de su pueblo ? 
Después de todo no pensaba mal, puesto que los chinos, 
resignados, no se preocupaban en sacudir su yugo 
destronándole. 

Pero este soberbio emperador, cuyo capricho era 
ley, no vivía tranquilo. Un gusano roedor le privaba 
de toda alegría ; la zozobra de su muerte, que no podía 
evitar, le envenenaba la existencia. Tener que re- 
nunciar al Imperio, ceder á lo inevitable, abandonar 
los placeres, era dura cosa para él, autócrata soberbio y 
voluptuoso. Estos pensamientos le abrumaban y para 
que no le torturasen, decidió esperar á que un precioso 
remedio le dispensara del tributo que debe pagar todo 
hombre y anunció que recompensaría espléndidamente 
á quien descubriera un remedio contra la muerte. Su 
primer médico, á quien la inquietud hacía perverso, se 

— l8 — 



La Historia 

presentó á él y le dijo: " Señor, Vuestra Majestad, lo 
ha adivinado. Existe, en efecto, una planta cuyo jugo 
bienhechor, hace retroceder hasta el infinito los límites 
de la vida, pero esta planta está muy lejos, en las islas 
del Japón, y únicamente la pueden coger unas manos 
puras. Ordene, pues, V.M. que me acompañen tres- 
cientos jóvenes y otras tantas muchachas limpias de 
cuerpo y alma. Yo los guiaré en sus pesquisas y, con 
su auxilio, le traeré el precioso remedio." 

El monarca, creyendo en la bella promesa, entregó á 
su médico los seiscientos jóvenes, equipándolos esplén- 
didamente. 

No se volvió á ver más á los expedicionarios, porque, 
una vez que hubieron llegado á la lejana isla, dieron á 
los salvajes habitantes de ella sus riquezas, sus artes, sus 
ciencias, sus letras ; en una palabra, toda la antigua 
civilización china. 

Los japoneses han conservado el recuerdo de esta 
emigración conmemorándolo con enormes piedras, 
ruinas del templo que hay á la orilla del mar y erigido 
en agradecimiento á Sion-Fou, el astuto médico. 



LA HISTORIA 

En el siglo VI es cuando el Japón aparece en la 

Historia. En este momento acaba el período belicoso 

de las invasiones y conquistas y se trata de organizar 

as provincias conquistadas, dándoles una forma de 

gobierno. Con la vista fija en la China á la que tanto 

— 19 — 



El Japón 

debían ya, los japoneses imitaron su constitución, 
dando origen al imperio centralista. Tuvieron por 
jefe al Hijo del Cielo, el Mikado, " quien reina en el 
Japón desde el principio del tiempo y siempre." Sin 
embargo, la Constitución no estaba en armonía con 
la conformación geográfica del país. Como un traje 
usado y estrecho, cedió al cabo de dos siglos, quedando 
dividida la nación en gran número de principados. 
Después de luchas intestinas, que duraron mucho 
tiempo, el cetro quedó en manos de un sólo hombre 
quien tenía bajo su poder muchos vasallos, consti- 
tuyendo de este modo un régimen feudal. 

El Mikado, ejercía á la vez las funciones de Soberano 
y de Padre de su pueblo, es decir, que era ilimitado su 
poder. Demasiado soberbio para dejarse contemplar 
por ojos profanos, no se presentaba jamás en público, 
y vivía retirado en el fondo de su palacio de Kioto. 
Comunicaba con sus subditos por intermedio del 
shogoun ó taicoun, á quien dictaba sus voluntades. El 
cargo de shogoun se hizo hereditario y lo que 
empezó siendo una función, convirtióse poco á poco, 
en una dignidad real, efectiva y poderosa. 

Los vasallos, propietarios de señoríos considerables, 
se llamaban daimio ; sobre ellos estaban los samurai^ 
oficiales nobles, pero muy pobres en general, á quienes 
les estaba prohibido el comercio. En último lugar, 
estaban los mercaderes y el pueblo bajo. 

Este estado de cosas duró mucho tiempo y las 
revoluciones no atentaron, por decirlo así, al régimen 

— 20 — 



Los Nombres 

establecido. En nuestros días, solamente en 1868, el 
Japón experimentó una transformación política. Can- 
sado de no ser sino una fórmula, sin vida propia y sin 
poder, el Mikado rompió las barreras que, so pretexto 
de garantizarle contra la invasión, le tenían prisio- 
nero. El mismo hizo una revolución y empuñó con 
mano firme las riendas del gobierno, sabiendo conducir 
á un pueblo, siempre joven, entusiasta j activo, por la 
vía del progreso moderno. 



LOS NOMBRES 

Es necesario saber que en el Japón tanto los i_ombres 
de las ciudades como los de las personas cambian con 
mucha frecuencia, sea por cualquier accidente casual, 
sea después de un trastorno político. El mismo 
reino comenzó por llamarse Akitsousima, la isla de 
la Libélula, á causa de su forma. Visto desde una 
altura, sus contornos recuerdan, en efecto, al insecto 
de cuerpo largo j delgado y anchas alas extendidas ; 
más tarde recibió el nombre de Tamato, que quiere 
decir " país montañoso." 

Por último, el nombre actual se deriva del chino 
Ji-pon. El equivalente en japonés es Hino-Mato, que 
significa " punto de origen del Sol." 

La capital, Tokio, se llamó en 1600 Yeddo, nombre 
que conservó hasta la revolución de 1868. Este 
nombre se lo dio un ilustre político que había usurpado 
el poder y á quien se le llamó sucesivamente Tokougava- 

— 23— c 



El Japón 

Hieyas, Taketsio, Djiro-Sabouro-Moto-Nobou, Moto- 
Yasou-Kourande. Y por si esto no fuera bastante, 
después de su muerte, se le llamó Gonghen-Tosokou. 



TOKIO 



Antes del año 1600, un sólido castillo del siglo XIV 
se elevaba cerca de la bahía, y á sus pies unas cuantas 
aldeas de pescadores estaban diseminadas por la inculta 
llanura. El antiguo ministro de Taiko, Hieyas, fué 
quien, por consejo de su señor, construyó sobre aquel 
terreno abandonado una ciudad que erigió en capital 
después de haber usurpado el poder real. Su dinastía 
fué destruida por el mismo Mikado cuando, en el 
año memorable de 1868, quiso salir del éxtasis en que 
el Hijo del Cielo estaba sumido desde el principio 
de los siglos. 

Este glorioso emperador que empuñó en sus manos 
viriles el cetro, tanto tiempo en poder de los shogounes, 
se llamó Mitsu-Hito, el hombre conciliador, y fué 
quien dio á su residencia el nombre de Tokio. 

Tokio es una gran ciudad situada en el fondo de una 
bahía encantadora y que, sin ninguna fortificación, 
se extiende sobre una llanura ondulada de colinas. 
Las casitas con sus jardines están colocadas caprichosa- 
mente, sin los alineamientos á cordel que forman calles 
rectas y enfadosas. Un encantador capricho parece 
haber presidido á la solución de este gran problema : 
abrigar en una misma ciudad á más de un millón de 

— 24 — 



Tokio 

habitantes. Los arrozales regados por canales, los 
ríos unidos por numerosos puentes, los principescos 
castillos que emergen de vastos parques y los bosques 
sagrados que rodean los templos, dan á los habitantes 
de la ciudad la ilusión de que viven en pleno campo, y, 
dominando orgullosamente todo el conjunto, el recinto 
fortificado del inmenso palacio imperial alza al cielo 
sus bastiones infranqueables. Una vía férrea une á 
Tokio con Yokohama, dejando sobre los luminosos 
paisajes de este suelo las huellas de la civilización 
occidental. 

En el sitio en que se detiene el tren, la ciudad 
nipona no ofrece ningún carácter individual ; diríase 
que se está en una ciudad de los Estados Unidos ; pero 
felizmente esta engañosa impresión sólo dura el tiempo 
que se tarda en atravesar uno ó dos bulevares formados 
por una serie de casitas de madera, bajo cuyos techos se 
ven las ventanas con sus " vidrieras " de papel ; todas 
estas casas son muy parecidas por su forma y su color, 
un poco apagado por las intemperies. 

Otras calles son anchas, en las cuales, de cuando en 
cuando, hay pórticos cubiertos por un techo ; estos 
pórticos eran antiguamente las separaciones indicadoras 
de los límites de los barrios y se cerraban por la noche 
á una hora determinada. Pero esta costumbre ha 
caído en desuso. Las calles están todas muy animadas 
y llenas de gentes ocupadas en sus asuntos. También 
hay coches pero no forman la aglomeración de los 
grandes bulevares de París. En Tokio, la mayor parte 

— 25 — 



El Japón 

de los vehículos están tirados por hombres, aunque 
existe un miserable carruaje de un sólo caballo que 
lleva el poco glorioso nombre de Kosika-bha-cha, que 
quiere decir " coche de mendigo." Pero el medio 
más elegante y más cómodo de locomoción es sin 
disputa el Norimono, linda caja de laca adornada con 
sedas bordadas, que termina en su parte superior por 
largas varas que sobresalen por los dos lados y se ponen 
sobre los hombros numerosos servidores. Recuerda en 
su principio, si no por su forma, la elegante litera del 
siglo XVII. 

Un gran río, el Soumida-Gava, atraviesa la ciudad. 
Siguiendo su curso llegamos á la bahía donde están 
amarrados fuertes barcos de pesca. Todos los días 
suben estos barcos por el canal, llevando al mercado 
peces tan variados como raros : nuestras truchas, 
besugos, salmones y caballas, se encuentran allí con un 
aspecto y tamaño diferentes ; también se ve enormes 
pulpos, crustáceos, mariscos de todas clases y hasta 
algas comestibles. Los mercaderes, exponen todos 
estos géneros de un modo abigarrado, formando un 
conjunto de colores desde el rubí sombrío hasta el 
esmeralda pálido. 

EL FUSI-iAMA 

Esta mole pálida y rosada se eleva al suroeste y 
domina á la ciudad, envuelta desde su base en una 
flotante bruma azulada que oculta el punto en que la 
gigantesca montaña parece cernerse en el aire. Ins- 

— 26 — 



Los Templos 

pir adora de hermosos cuadros y de entusiastas poesías, 
se alza desde que, en el año 285 antes de Jesucristo, 
surgió del suelo á causa de un violento temblor de 
tierra, alcanzando inmediatamente una altura de cerca 
de cuatro mil metros. Todos los japoneses están 
orgullosos de él y aman tiernamente al Fusi-Yama, 
en otro tiempo terrible volcán que, en el transcurso de 
los años, se ha apagado y parece dormido aunque en 
su cima sople incesantemente el viento y dé origen, 
con frecuencia, á violentas tempestades. ¿ Permanece 
inactivo el monstruo ? ¿ Quién se atreverá á creerlo ? 
En este país en el que la tierra vibra y oscila á cada 
momento, el cráter no ha dicho aún, seguramente, su 
última palabra. Acaso un día despierte y se trague 
las orgullosas casas de piedra que los japoneses de hoy 
prefieren á las antiguas moradas de madera. 



LOS TEMPLOS 

Uno de los más célebres templos de Tokio, es el 
Asakusa, y está dedicado á Kuanon, la diosa de la 
Misericordia. 

Un pórtico munumental, precedido de lámparas de 
piedra, dá acceso á él. A ambos lados del pórtico hav 
dos reyes guardianes, que son dos gigantes de rostros 
rojos y contrariados que mueven sus ojos feroces é 
inspiran terror, cuando se les conoce mal. Se sabe, 
sin embargo, que no son terribles más que con los 
pecadores impenitentes. No sólo guardan la entrada 

— 27 — 



El Japón 

del templo, sino á todos los creyentes que les dirigen 
sus plegarias con fervor y que cuidan de consagrarles 
un par de sandalias de paja. Estos piadosos mortales 
quedan preservados de las tentaciones y en virtud de 
la protección de los dioses, se curan sus heridas. 
Numerosos exvotos, en forma de sandalias, atestiguan 
la fe de los creyentes. 

Cuando se sale del pórtico, se encuentra uno en 
anchas avenidas pavimentadas y bordeadas por cedros 
majestuosos. Bajo estos árboles hay barracas llenas 
de muñecos de todas clases. Se avanza y el templo 
aparece imponente, destacándose en rojo, bajo el cielo 
hacia el cual eleva sus torres de cinco pisos. Esta 
arquitectura proviene de la China y su principal 
caracteristica es la curiosa forma de sus tejados, de 
volumen considerable, cuya altura es los dos tercios de 
la del edificio y cuyos bordes levantados, se aprecian 
mejor en los ángulos. El conjunto, da una impresión 
de pesadez y ligereza á un tiempo mismo. Se atraviesa 
el vestibulo misterioso y sombrío, en el que reinan los 
pichones sagrados que le rozan á uno al volar y donde se 
compra el incienso que se quiere quemar en holocausto 
á los dioses, y se llega al templo, nave única de grandes 
proporciones, con la bóveda sostenida por numerosos 
pilares rojos con capiteles que no se ven desde el suelo 
por la gran altura á que están colocados. El altar, 
resplandece de oro y de luz, en medio de aquella 
obscuridad. Se ve Budas gigantescos, dorados, detrás 
de la verja de hierro fundido que casi los oculta y 

— 28 — 



Diferentes Tipos 

alrededor penden en homenaje banderas, linternas y 
flores. 

Delante del altar, un enorme j artístico incensario 
exhala un humo oloroso gracias á innumerables varitas 
de aromas que, por paquetes, los fieles arrojan en su 
interior. 

De hora en hora, el velo perfumado se hace más 
opaco y da á las cosas, vistas confusamente, el tinte de 
lo irreal. Apenas se distingue los muros sobre los 
cuales hay pinturas y esculturas de todas clases, repre- 
sentativas de las leyendas. Se ve circular á los bonzos 
ó sacerdotes, con trajes amplios y la cabeza completa- 
mente afeitada. Cuando no se celebra el oficio pasean 
silenciosamente al compás de una extraña música, á 
través del templo, respondiendo á las preguntas de los 
peregrinos, y conduciéndoles á sus altares preferidos. 



DIFERENTES TIPOS 

Hay en el Japón dos tipos distintos. El primero, 
que es el más extendido, es el tipo chino ó coreano que 
se caracteriza por su cara redonda, mejillas aplastadas, 
nariz chata, boca bien dibujada, por regla general, y 
soberbios dientes. 

Los que creen poseer el puro tipo japonés, tienen el 
rostro largo y pálido, la nariz aguileña, la boca fina, los 
ojos alargados é inexpresivos y los dientes blancos, 
largos é irregulares. Este es el tipo aristocrático cuya 
perfección admira á todos. 

— 29 — 



El Japón 

Lo más extraño es que el carácter moral corresponde 
casi siempre con el tipo físico ; las alegres fisonomías 
chinas pertenecen á los hombres apáticos, risueños y 
de buen humor, mientras que la fisonomía japonesa es 
el patrimonio de las gentes silenciosas, melancólicas 
y tristes. 



LOS TRAJES ANTIGUOS 

No se puede uno formar idea de los trajes, sino en 
el museo de figuras de cera que hay en el recinto de 
Asakusa. En primer lugar se ve á los modernos 
japoneses admirando los trajes de sus antepasados. 
Las mujeres van con los pies vueltos hacia dentro, lo 
cual es un signo de elegancia, y prueba que, desde muy 
jóvenes, se les comprime las caderas para conservarlas 
estrechas y esto constituye un encanto más. Sus 
moños, muy altos, negros y relucientes, aseméjanse á 
un jardín del cual surjen flores de todas formas y 
matices, montadas en alfileres. Los trajes son sencillos 
y de un sólo color ; pero la variedad radica en el 
cinturón que eligen. Nada más rico que este adorno 
simbólico. Es toda una ciencia hacer el gran nudo, en 
forma de alas de mariposa, que completa el tocado 
femenino ; mirado atentamente, lo que no parece al 
principio sino un pretexto de coquetería, es, en realidad, 
una preciosa indicación para conocer el estado civil de 
cada graciosa silueta ; las solteras no se ponen el 

— 30 — 



Los Trajes Antiguos 

cinturón como las casadas ; las ricas se hacen un nudo 
sobre el estómago y á las criadas se les obliga á que se 
hagan el lazo de una manera distinta. 

Los vestidos de las jóvenes, mujercitas en miniatura, 
son un poco más llamativos que los de las personas 
mayores, pero sus cabellos están peinados con un moño 
alto, como sus mamas. 

Las visitantes se detienen ante un daimio ó señor, 
en traje de corte. Con su vestido de sedas rígidas, de 
colores llamativos, salpicado de circuios heráldicos, 
de oro, tiene el aspecto de una pirámide. El 
pantalón se alarga desmesuradamente, hasta más 
abajo de los pies, los cuales quedan en realidad, 
encerrados en aquél, que forma una especie de cola. Las 
mangas, más anchas aún, están bordeadas de un cordón 
de seda que, corriéndose, les da el aspecto de un saco 
grande. Otras mangas salen de las primeras, pero de 
diferentes colores y el número de puños superpues- 
tos indica el de vestidos que lleva debajo del primero. 
Un gran sable atraviesa estos vestidos y una observación 
superficial haría creer que tiene por funda el propio 
vientre del personaje. Una mano pequeña que sale 
de las mangas, sostiene un abanico y nos da idea de las 
verdaderas proporciones del príncipe. El tocado es 
curioso : consiste en una especie de cilindro de seda 
negra y paño de oro que se sujeta á la barbilla con un 
galón de oro. Por espléndido y pintoresco que sea el 
traje, parece que debe ser incómodo. 

Después de él, una princesa, cuyo traje también es 

— 33— D 



El Japón 

complicado pero, sin duda alguna, más rico y de 
colores más llamativos aún, se ofrece á la vista. 

Su tez es de una blancura perfecta, animada única- 
mente por una linda boca purpurina ; las cejas, 
afeitadas, están sustituidas por otras pintadas de negro 
sobre la parte superior de la frente, á fin de alargar el 
rostro ; los cabellos están sueltos y caen hasta la parte 
inferior de los vestidos y se pierden entre sus pliegues. 
Cerca de ella está colocada la tabaquera, que es de 
laca, con incrustaciones de oro, una pipa pequeña y 
el tabaco fino y rubio que se llama " plumón de grulla." 



LA HORA JAPONESA 

Antiguamente era muy complicada la manera de 
contar la hora en el Japón, pero \ cuánto más bonita 
y original que como la indican nuestros relojes ! 

Se comenzaba por la cifra nueve, que es la cifra por 
excelencia, y marca, á la vez, la mitad del día : la hora 
del Caballo, y la mitad de la noche : la hora del Ratón. 

Se procede de la manera siguiente : dos por nueve 
son diez y ocho ; se suprime la primera cifra, y quedan 
ocho : la hora de la Vaca. Tres por nueve son 
veintisiete y suprimiendo la primera cifra, quedan 
siete que es la hora del Tigre y así se continúa multipli- 
cando nueve por cuatro, por cinco, por seis, obtenién- 
dose, de este modo, las seis divisiones del día y de la 
noche que corresponde, cada una, á las horas según 
nuestra división del tiempo. 

— 34 — 



La Fuerza Física 

Todas las horas tienen nombres pintorescos y 
evocadores ; la hora del Conejo^ del Dragón, del Gallo, 
del 'Jabalí. 



LA FUERZA FÍSICA 

Los japoneses siempre han tenido una gran admira- 
ción por la fuerza física. La ciencia de la lucha no ha 
sido adquirida sino á costa de grandes esfuerzos. Los 
maestros de armas eran viejos guerreros que no 
conocían la ternura y en la primera lección dejaban al 
novicio agotado, casi inerte. Al día siguiente comen- 
zaba de nuevo, y, ayudado por el profesor, soportaba, 
pronto y sin esfuerzos, estos rudos ejercicios que 
hacían de él un luchador de mérito, igualmente 
insensible al cansancio y al dolor. Tal educación era 
preciosa en este pueblo belicoso, cuyo ejército, 
constituido con estas unidades, resultaba invencible. 
Los antiguos combates de atletas se conservan todavía 
en esta nación marcial, que no ha degenerado, como lo 
prueba la última guerra. Estos juegos se verifican en 
una especie de anfiteatro que se llama E-Ko-Ine y 
está situado en el recinto del templo del " Feliz 
Regreso " cerca del puente de las " Dos Comarcas." 

La liza circular no está separada de la calle sino 
por esterillas suspendidas de unas estacas. Hay dos 
galerías de localidades á las que dan acceso escaleras 
que siempre están llenas de gente. Los pobres que 
no pueden aspirar á las tribunas, permanecen en pie, 



El Japón 

apoyados en el borde de la barraca ó, sencillamente, 
toman el suelo por asiento. 

El campo de lucha está cubierto de arena fina y 
los límites se señalan con sacos de tierra. Los atletas, 
grandes y gruesos, verdaderos gigantes comparados 
con los otros japoneses, van vestidos únicamente con 
un delantal á listas, ricamente bordado. 

El espectáculo dura desde las diez de la mañana 
hasta las cinco de la tarde. Los combatientes desplegan 
sucesivamente una fuerza, una habilidad y una 
resistencia, que arrancan grandes salvas de aplausos de 
la multitud que les contempla admirada. 



LA LEY 

Antiguamente las leyes eran tan especiales, por lo 
menos, como los delitos. Muy severas, por regla 
general, tenían también extrañas indulgencias, sobre 
todo cuando los culpables eran ancianos, mujeres, 
impedidos ó astrónomos, para los cuales el Código 
recomendaba la clemencia. 

Pero, por ejemplo, si un astrónomo, tan paternal- 
mente protegido por la ley, se propusiera desnaturalizar 
los decretos escritos por los astros en el cielo y hacer 
falsos pronósticos, era castigado cruelmente. 

Allí no había compañías de seguros contra incendios 
y cuando las casas de madera ardían como cerillas, la 
ley era terrible para los incendiarios y hasta para los 
incendiados. Se daba sesenta palos al que involun- 

-36- 



La Ley 

tariamente prendía fuego á su casa, estrangulándosele 
si el incendio se comunicaba á un edificio que per- 
teneciese á la familia imperial. Este procedimiento 
enseñaba á ser prudente. 

Hoy, resultados tan bárbaros provienen de la 
aplicación de las leyes modernas á crímenes legendarios, 
que, antes, acaso hubieren merecido elogios. 

He aquí un acto de heroísmo del cual se han hecho 
eco nuestros periódicos y que para nosotros, no es, ni 
más ni menos, que un crimen ; pero es un crimen 
muy japonés. 

Un pobre y candido aldeano, llamado Kono-Guihei, 
refería sus penas á unos amigos : 

— Mi anciana madre padece de la vista y no se puede 
curar, está ya casi ciega. He puesto todos los medios 
para curarla y no lo he conseguido. No tiene rem^edio, 
y me mata la pena. 

— I Cómo puedes decir eso ? — exclamó un labrador 
que lo quería saber todo. — Hay un remedio infalible. 
Ciertamente que es muy difícil de emplear y hasta 
peligroso ; pero nada hay imposible para la piedad de 
un hijo. 

— Estoy dispuesto á todo — respondió Kono-Guihei 
— I En qué consiste el remedio ? 

— En darle de comer á tu madre hígado humano. 
El joven aldeano no dudó un momento. Por él ya 

estaría curada su madre, pero, ¿ donde procurarse 
un hígado humano, sin perjudicar á algún extraño ? 
I Matarse él mismo ? Esta idea le hizo pensar, pero 

— 37 — 



El Japón 

comprendió después que no debía hacerlo porque, sin 
su apoyo, su familia quedaría reducida á la miseria. 
i Qué hacer ? ¡ Magnífico ! Matar á su hija, á su 
linda y pequeña Matsoué. El desgraciado cogió un 
cuchillo para matar á su niña, pero su amor filial 
era tan grande como su amor paternal. Dudó un 
instante, mas estaba decidido y en el momento en que 
iba á herir á su hija apareció su mujer Sougni inquieta 
por las extrañas manipulaciones de su marido. 

Éste se lo contó todo. 

— A mí es á quién debes matar — dijo Sougni — Sería 
feliz si mi muerte diera la vida á tu madre. 

Este acto ¿ no es sencillamente sublime ? 

El marido, encontrando la decisión de su mujer muy 
natural, porque estaba de acuerdo con la tradición y 
con la raza, no le hizo la menor objeción, y, atando 
una cuerda al cuello de su mujer para estrangularla, 
empezó á tirar de una punta y ella para ayudarle, 
tiraba de la otra. 

Cuando estuvo muerta cogió el marido el cuchillo y 
hundiéndolo en el abdomen de su esposa, le sacó el 
hígado ; después encendió fuego y lo coció en una 
cacerola. 

¡ Por fin iba a curarse su anciana madre ! Pero no, 
no ; no probaría el infalible remedio. La nueva 
generación fué en busca de la policía la cual cogió á 
Kono-Guihei en flagrante delito. 

Sacrificóse la pobre Sougni para nada ; los ojos de 
su madre política continuaron enfermos y al asesino le 

-38- 



La Ley 

condenaron á nueve años de prisión, dejando á su hija 
y á su madre sin el arroz diario. 

Esta detención, aunque se le aprecien todas las 
circunstancias atenuantes, no parece ser de la misma 
época que este delito de un candor y de una abnegación 
admirables. 

La ley es del siglo XIX : el delito, de los tiempos 
primitivos. 

Con gran frecuencia suelen darse casos de semejante 
desacuerdo en un país de tan reciente civilización, 
cuyas costumbres no pueden seguir la marcha acelerada 
del progreso. 

La absurda abnegación de Sougni no tiene nada de 
rara. No se acabaría nunca de citar nombres de 
mujeres japonesas que han sacrificado su vida por 
motivos extraños, desde el punto de vista de nuestra 
civilización. 

Es casi clásico, por ejemplo, ahorcarse á la puerta de 
la casa de un magistrado que ha juzgado inicuamente y 
aprehendido á algún pariente, para obligarle á revisar 
el proceso. Por la mañana, al salir de su casa, se 
encuentra con el cadáver todavía caliente, cuya cintura 
está erizada de rollos de papel que contienen súplicas 
las cuales hablarán al juez por boca que permanecerá 
siempre muda. 

Para ayudar á vivir á su familia, era corriente sufrir 
una pena en lugar de un condenado ; y hasta se hacían 
pujas decrecientes para ver quién lo hacía más barato. 

Por diez sueldos, un ladrón endosaba á un inocente 

— 39 — 



El Japón 

los cuarenta palos que debía recibir. Y, lo que es más 
cruel aún, hasta bajo el acero del verdugo se con- 
tinuaba este tráfico ; por trescientas pesetas poco más 
ó menos, uno podía conservar su cabeza y hacer que 
otra rodara por tierra. 

Esto lo sabía el pobre Kono-Guilhei cuando suplicaba 
á sus jueces que sustituyesen los nueve años de prisión 
que iban á privar á su madre y á su hija de su trabajo, 
por las más horribles torturas, con tal que duraran 
menos de nueve años. Con gran pena, por su parte, 
no se accedió á sus deseos y nunca se le pudo hacer 
comprender que la tortura está abolida en el Japón. 

I Que fué de la infortunada víctima que tan 
generosamente dio su vida para curar á su madre 
política ? Su sombra, llorosa y desolada, vaga segura- 
mente alrededor de su esposo cautivo y tal vez se 
aparezca también á los severos magistrados que tan 
cruelmente juzgaron su muerte voluntaria, porqlife 
cuenta la tradición que las sombras de los muertos 
descontentos se aparecen para pedir justicia. 



LAS FIESTAS 



Á los japoneses les gusta divertirse y cualquier 
pretexto es bueno para celebrar fiestas. En primer' 
lugar figuran las de Año Nuevo, en las que se confunde 
todo el pueblo. Señores y aldeanos, damas nobles y 
burguesas chapotean en la nieve buscando motivos 
para divertirse. Terminan después de un mes con la 

— 40 — 



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LA FIESTA DE LAS LINTERNAS. 



Las Fiestas 

" Fiesta de los Aprendices." Se decora las casas con 
pinos, cangrejos (símbolo de una larga vida) y naranjas, 
y se cambian regalos. La víspera de San Silvestre se 
celebra, como entre nosotros, y al amanecer, al son de 
gonges y de campanas, se desean el feliz año nuevo. 

En marzo, había aún la " fiesta de las Niñas ó de las 
Muñecas " y en mayo la de " los Muchachos." Para 
esta fiesta todas las familias ponían sobre el tejado de 
su casa tantos peces de papel como chicos había en la 
familia. En julio se celebraba la " Fiesta de los 
primeros calores," en octubre la de " Ebisu " dios de 
la Felicidad. Pero sin duda, la más curiosa es la 
" Fiesta de la Noche " y una de las más encantadoras 
la de las " Linternas." 

En todas partes, grandes linternas polícromas 
que adornan las casas, arrojan chorros de luz que 
hacen brillar los bordados y las ricas telas de los 
vestidos de los transeúntes. En la parte superior 
de largos tallos de bambúes, alineados á cada lado 
de la calle, están suspendidos, ora finas banderas de 
seda ó de papel, ora flecos, plumeros etc. Los peces 
de paja barnizados de laca, atados por las branquias, se 
balancean en lo alto de un mástil. Largas banderas 
flotantes enseñan ú ocultan, según los caprichos del 
viento, armas, flores, animales fantásticos, bordados en 
sus pliegues, ó bien inmóviles y tendidos en cañas de 
bambú se ve grotescos personajes : dioses, soberanos, 
guerreros ilustres, ó también escritas en caracteres de 
oro se puede leer, sentencias, sátiras, versos célebres 

— 43— E 



El Japó 



on 



etc. Los mercaderes de objetos de arte, de bronces y 
esmaltes etc., mezclan con sus elegantes mercancías, 
armas raras y cascos que parecen de gigantescos 
insectos. 

A cada instante pasan jóvenes que llevan al hombro 
un gran sable de madera recubierta de laca. De trecho 
en trecho largas espadas de raras curvaturas se clavan 
en el suelo ; parecen de cartón cubierto de papel de 
estaño y forradas de una manera rara. Estas espadas, 
á las que los niños saludan al pasar, representan 
el arma de Sioki, el héroe querido del pueblo, cuya 
imagen se venera en todas las actitudes, sobre millares 
de estandartes. 

El ruido de los pasos de los numerosos transeúntes, 
es un runruneo continuo semejante al de una cascada, 
y por todas partes se oye las risas y los cantos reveladores 
del tumulto alegre de la multitud. 



LOS JARDINES 

Los jardines son lugares fantásticos, cuyo aspecto 
no difiere mucho del de los europeos ; pero en los 
japoneses la ciencia de los colores es de un refina- 
miento tan extraordinario que constituye una fuente de 
delicias para los ojos. 

Vemos árboles magníficos, cedros, palmeras y bam- 
búes y, de pronto, las mismas plantas en miniatura ; 
cedros, pinos y palmeras, pero que cabrían en un vaso, 
al lado de los árboles frutales que en la primavera se 

— 44 — 



Los Jardines 

cubren de nieve blanca y rosada : limoneros, meloco- 
toneros, cerezos, y el ciruelo que florece hasta en el 
invierno y embalsama el aire con sus perfumes suaves 
y penetrantes. Por todas partes se ve adormideras, 
peonías, camelias y crisantemos, anchos como platos. 
Apenas bastan los ojos para contemplar este gracioso 
exceso de matices, y la vista vaga, embriagada, desde 
los ricos jardines á los frescos lagos donde se extienden 
los delicados lotos y hacia los cuales se inclinan los 
frágiles tallos de los iris para contemplar en el agua sus 
anchas flores amarillas y violetas. Más allá, al final de 
una avenida, se destacan entre los árboles los perfiles 
de una casita. Es un pabellón de poesía. Por la 
ventana, encuadrada en glicinas, la vista se extiende á 
lo lejos ; cerca, serpentea un arroyo. A aquella casita 
viene á descansar, después de la comida, su dueño, y allí 
sueña, hace versos ó toca música. El pabelloncito, 
siempre está adornado con elegancia, pero con sobriedad. 
Algunas esterillas, un árbol enano en un gran búcaro, 
una tetera, varias pipas, unos cuantos pinceles y algún 
que otro libro componen todo el moblaje. 

A los japoneses les gusta adornar el interior de sus 
casas con las flores de sus jardines, y sus decoraciones 
florales son de un gusto perfecto, sin que obedezcan al 
capricho del instante. Reunir las flores en un ramillete, 
es una verdadera ciencia que no se adquiere sino luego 
de minuciosos estudios. En primer lugar cada flor 
tiene una significación especial y es preciso que una 
composición floral exprese un sentimiento determinado 

— 45- 



El Japón 

sin violentar la naturaleza. Por otra parte hay que 
dar á cada planta su forma y su tendencia y por último 
evitar que los tallos estén entrecruzados ó paralelos, 
que no contrasten mucho los colores, etc. Este 
refinamiento es de tan deliciosos resultados que no nos 
podemos dar cuenta de él ni aún contemplando las 
obras de los pintores sobre los kakemonos delicados que 
hay en los museos. 

EL ARTE 
BRONCES, LACAS, MARFILES, PORCELANAS 

Hay que ir á visitar uno de los más importantes 
almacenes de la hermosa y pintoresca calle de Mouro- 
mati, de Tokio, para darse cuenta de la maravillosa 
habilidad, del gusto y del ingenio que pone el artista 
japonés en la fabricación de los encantadores muñe- 
quitos que crea con inagotable fantasía. 

Desde que se entra en el almacén se queda uno 
asombrado, sin saber adonde dirigir la mirada ; todo 
está lleno de mil objetos de una gracia tan imprevista, 
como de una originalidad espiritual y exquisita. 
¿ Es este cofrecito de marfil trenzado, que imita la paja, 
y coloreado con una infusión de te y de clavo y cuyo 
perfume se percibe aún ? Esta caja semeja un ratón 
blanco, encerrado, sin duda, en el cofrecito que ya 
tiene roído y va á escaparse ; su menudo cuerpo se 
desliza por la abertura ; pero no está aún completa- 
mente libre. Si abrís la caja, veréis sus patitas y su 
larga cola del otro lado de la tapa. ¿ Preferís que 

-46- 



El Arte 

aparezca un rincón de playa sobre una tabla de morera, 
con sus cangrejos, sus hierbas y sus caracoles y conchas 
marinas, ó ramas de oro cargadas de pájaros, atrave- 
sando las lomas, grullas de marfil volando sobre un lago 
de nácar, rodeado de rosas de plata, sobre las puertas 
de un aparador, ó bien el ligero cuarto creciente que 
aparece detrás de los pinos desmelenados, ó esta luna 
de metal que sale de una nube y forma el espejo de un 
estuche de tocador ? 

Es imposible estudiarlo todo, porque el más pequeño 
objeto llama nuestra atención. 

He aquí un trabajo que, para los inteligentes, es 
una verdadera obra maestra ; representa una pantalla 
donde aparecen dos haces de paja de arroz, suspendidos 
de una pértiga y una bandada de gorriones que busca su 
nido. Los pájaros son del mismo tono que las espigas 
entre las cuales se ocultan tan bien que es preciso 
mirarlos muy de cerca y buscarlos mucho para des- 
cubrirlos, y, en esto consiste justamente el encanto de 
esta especie de laca en la cual los tonos de los objetos 
se funden uno en otro, cosa, según parece, de dificilí- 
sima ejecución. Un magnífico biombo despliega sus 
hojas cerca de dicho objeto. 

El motivo ornamental que escogió el artista es muy 
decorativo : la masa espesa y florecida de una selva. 
Sobre el fondo negro de la laca, todas las hierbas que 
nacen al azar en un terreno inculto, se enlazan y se 
entrecruzan en la más encantadora confusión y entre 
el follaje de color esmeralda, de ajenjo, de oro quemado, 

— 47 — 



El Japón 

estallan los tonos claros de las hojas de porcelana, las 
alas brillantes de los insectos, de las mariposas que 
pueblan esta pequeña selva que ha retoñado al pie de 
la grande. Sobre un platillo hay figuras, en relieve, de 
preciosos frutos, desconocidos en Europa y que, en 
japonés, se llaman Búa. 

Un vaso barnizado con laca imita el bronce antiguo 
tan maravillosamente que es preciso tocarlo para 
convencerse de la imitación ; hay también pantallas, 
platillos, cofrecitos que atraen igualmente la atención, 
pero encontraremos, sobre todo, la laca empleada con 
toda clase de materias, tales como el nácar, el marfil, la 
madera y la porcelana. He aquí, por ejemplo, una 
pantalla de madera del Japón sobre la cual se ve un 
vaso de laca que contiene flores de nácar y de marfil ; 
el borde de esta pantalla parece que está hecho con 
paja de arroz, pero son láminas de marfil, extra- 
ordinariamente delgadas y entrelazadas de modo que 
imitan perfectamente á la paja. Sobre un biombo de 
madera, encuadrado en laca, hay personajes de porce- 
lana ; el pantalón, á rayas blancas y azules, de uno de 
ellos, diríase de seda. Los japoneses son muy aficio- 
nados á estas transposiciones engañosas, pues no se 
puede reconocer á primera vista de qué materia están 
hechos sus deliciosos muñequitos. 

Hemos visto la laca que imita el bronce, el marfil ó 
la paja. Después veremos la porcelana imitando el 
hierro oxidado y he aquí una pantalla donde la seda 
imita la pluma con raro acierto. Al principio no se 

-48- 



El Arte 

presta gran atención á estos dos pavos reales posados 
en la rama de un melocotonero en flor j que parecen 
formados con las plumas de los lindos pájaros que 
representan ; pero cuando se ve que el suntuoso 
plumajees artificial y que la seda, diversamente teñida, 
proviene de la mano del hombre que imita á la ini- 
mitable naturaleza, no se puede contener una excla- 
mación de sorpresa. 

La sala donde están los muebles es riquísima en 
maravillas. Son de una rareza rebuscada pero elegantí- 
sima é interesante como objetos de arte. He aquí 
sobre los batientes de un aparador toda una familia 
de currucas que han hecho su nido en el hueco de 
un árbol ; los pajarillos baten sus alas, esponjan sus 
plumas y riñen con deliciosos movimientos que tan bien 
saben reproducir los pintores japoneses. Alrededor 
de ellos abundan las flores de nácar pintadas y hojas de 
marfil. 

Un anciano de aspecto chinesco está esculpido con 
gran delicadeza en uno de los paineles de un armario 
de roble. Está sentado, con las piernas cruzadas y 
parece escuchar gravemente las oraciones que suben ó 
bajan hacia él. Este majestuoso personaje no es sino 
el dios de los infiernos. Sobre el otro painel una joven 
arrodillada parece invocar, en efecto, á la: sombría 
divinidad. Esta bella personita con su rostro de marfil, 
sus vestidos de laca y de metal, fué una célebre mun- 
dana que llevaba el armonioso nombre de Itgocondeion, 
y que cansada de su vida miserable, ya arrepentida, 

— 49 — 



El Japó 



on 



arroja lejos de sí las pompas de Satán y se convierte en 
sacerdotisa. Está muy graciosa en su dolor, con sus 
largos cabellos esparcidos y su actitud atribulada en 
medio de sus bellas vestiduras acaso un poco mundanas 
aún. Cerca de ella, fuera de un lindo vaso con 
esmaltes separados, se abren unas peonías de porcelana. 
He aquí un armario de los más originales, con sus dos 
puertas de muy diversa ornamentación ; una muestra 
sencillamente la madera tallada en bajorrelieve y la 
otra está adornada con diversas materias brillantemente 
coloreadas. 

Un segundo armario, tallado en una especie de 
roble perfumado, está decorado con un búfalo de laca 
que se muestra de medio cuerpo, una rueda rota y un 
personaje vestido de nácar y corriendo á todo correr. 
Estos elementos, de una significación incomprensible 
para los europeos, bastan para recordar á los japoneses 
las aventuras de un antiguo soberano cuyo carro se 
atascó en un río y al que un búfalo, desuncido rápida- 
mente de una carreta, sacó del atolladero. 

En el fondo de un gran plato de madera de Ke-a-ki 
se ha esculpido un bello paisaje en el cual vagan 
algunas figuras. Más lejos se ve, en una pantalla de 
pino viejo, una escena de la vida íntima de un 
personaje, célebre bajo otros climas: es un escritor 
chino llamado en su patria Ouan-I-Tchi y en el Japón 
0-Gui-Si ; está sentado detrás de una mesa escribiendo • 
un pasaje famoso de sus obras. A algunos pasos de él, 
sus hijos vierten la tinta sobre el escritorio mientras 

— 50 — 




jardín japones. 



El Arte 

que en un rincón otros pequeñines tienden una¡escudilla 
llena de comida á dos polluelos de oca. 

Todos los personajes son de porcelana, pintados con 
extraordinaria delicadeza ; los dos volátiles, sobre todo, 
son sorprendentes por la sensación de vida y de verdad 
que dan. 

He aquí, por último, un magnífico biombo que vale, 
á lo que parece, cincuenta mil pesetas. Es una obra 
de arte de gran lujo. La descripción no puede dar 
idea de ella ; flores de nácar y de cobre, cada una de 
cuyas hojas parece temblar al viento, frágiles cañas 
entrelazadas, racimos de glicina, peonías deslumbrantes 
se destacan sobre el fondo sombrío de la laca. Esto es 
todo ; pero es preciso ver la amplitud soberbia del 
dibujo, la delicadeza del cincelado, la dulce armonía 
de los colores, para comprender toda la belleza de esta 
obra incomparable. 

Las porcelanas más bellas provienen de la manufac- 
tura de Arita. Es difícil ver una obra más acabada, 
más perfecta, más fina, más elegante que esta pieza 
trabajada con un cuidado superior á toda ponderación. 
Es un pebetero pequeñito compuesto de un vaso 
cilindrico, colocado en otro sobre el cual descansa la 
tapadera. El vaso interior es sencillamente de barro, 
de un blanco dulce como la médula de las cañas ; el 
color hubiera empastado los contornos per j udicando en 
cierto modo la excesiva delicadeza de las figuras de la 
ornamentación, que consiste en un ligero bajorrelieve 
esculpido con exquisita fineza. 

— 53— F 



El Japón 

Son músicos celestes, mujeres Kamis que tocan la 
flauta, deslizando sus dedos por el semsim ó golpeando 
el tambor sagrado, mientras que sus hermanas, con una 
gracia adorable, inician delicadamente no se sabe qué 
danza mística, y, sus cuerpos esbeltos, extienden los 
brazos, vuelven la cabeza, en medio de los pliegues 
finos de sus gasas agitadas por el viento. El segundo 
vaso, en el cual desaparece el primero, está formado 
por un grupo de nubéculas azuladas que ocultan, bajo 
el velo que les conviene, á las diosas danzarinas. El 
botón de la tapadera es un pequeño elefante, también 
de porcelana en bruto, ornamentado con extraordi- 
naria minuciosidad. 

La cocción de estas porcelanas, algunas de cuyas 
partes se secan al sol, es extremadamente delicada y 
difícil de conseguir ; el pebetero de que se trata es 
también, desde cualquier punto de vista, un objeto de 
los más raros. 

Entre las obras del mismo género, hemos visto una 
jardinera de cuyas asas, recortadas en forma de olas, 
surge el Ki-Li?i, animal fabuloso, especie de unicornio 
marino que se presenta, según parece, cuando el 
emperador gobierna con acierto. 

La elección entre todos estos objetos de casi el mismo 
mérito es muy difícil y no se sabe si escoger este vasito 
en forma de cuerno, ligero, transparente, sonoro como 
una campanilla, adornado con flores de cerezo, corte- 
jado por algunas mariposas, ó aquel gran plato en cuyo 
fondo unos dragones, en relieve, se persiguen entre 

— 54 — 



Fabricación de la Laca 

olas doradas, ó bien ciertos vasos piriformes, de una 
pasta muy fina, adornados con leones que riñen y una 
cadena de porcelana unida á las asas, cayendo en forma 
de guirnalda sobre los lados. 

Aquellas son las piezas más importantes, pero mil 
cosas más merecen la atención, entre ellas una pareja 
de vasos, de casi dos metros de altura, de la clase de 
porcelana conocida en el Japón con el nombre de 
Someniski, cuya decoración es azul sobre fondo blanco, 
(las otras clases de porcelanas se designan, en general, 
con el nombre de Nisikidi), unos grandes búcaros 
de forma alanceada y graciosa, son una construcción 
sin defectos y de una perfecta cocción. Un ancho 
plato, también de porcelana Someniski es más curioso 
aún ; en él están reunidos todos los pescados que se 
sirven en las mesas japonesas y entre ellos el/ai cuya 
carne es muy estimada, pagándose por ella precios muy 
elevados y que forma parte de los regalos de boda. 
Algunos de éstos pescados, reunidos en el fondo del 
plato, están coloreados de rojo y es, según parece, la 
primera vez que se obtiene éxito en un decorado de 
otro tono sobre el conjunto monocromo de la porcelana 
llamada Someniski. 



FABRICACIÓN DE LA LACA 

En la China y en el Japón es donde se fabrica la 
laca más perfectamente. Difícilmente se puede dar una 
idea del trabajo, de la habilidad, déla paciencia desple- 

— 55 — 



El Japón 

gados por el artesano japonés, para llegar á fabricar 
una laca tan perfecta. El barniz es extraordinaria- 
mente corrosivo y es preciso usarlo con grandes 
precauciones. Es el producto resinoso de un ar- 
busto llamado en el Japón Ourousi-no-Ki y en China 
el árbol Tsi. Esta resina liquida se recoge en unas 
cazoletas colocadas por debajo de las incisiones que se 
hace en los árboles á diversas alturas ; el precioso 
licor corre durante la noche, pero en tan pequeña 
cantidad que cada mil árboles dan diez y ocho ó veinte 
libras de laca. 

No existen menos de cien clases de laca, aparte de 
las clases corrientes. Se barniza con ella en diferentes 
tejidos cuyos dibujos se ven á través del barniz trans- 
parente, en tules traídos de Europa, lo que le da el 
aspecto de piel de serpiente ; se imita la corteza del 
pino, el bambú, la paja natural, plateada ó dorada, 
se tiñe el nácar con reflejos glaucos ó purpúreos ; se 
espolvorea de polvo de oro ó de plata que centellea 
sobre un fondo de todos los matices ; después vienen 
las lacas negras, verdes, obscuras, escarlatas, castañas, 
todas de una finura y pureza admirables. 

Cuando el objeto que se va á barnizar ha recibido 
tres manos de una substancia compuesta de cal, papel 
cocido y goma, y están secas, se rascan con una piedra 
plana y dura ó con un pulidor de bambú, se mezcla el 
barniz en una paleta de cobre, frotando muy lenta é 
igualmente con la materia colorante ; después se le 
dan, por lo menos, cinco manos diferentes y se le deja 

-56- 



Fabricación de la Laca 

secar pulimentándolo después con la piedra ó el 
bambú. Únicamente gracias á tan minucioso trabajo, 
la laca puede resultar buena ; luego se hace la decora- 
ción, y cuando está bien seca, se pone, por encima, el 
oro, la plata y el color de la pintura ; se vuelve á 
barnizar varias veces pulimentando después el barniz. 

Las figuras, hechas con nácar de perlas se ejecutan 
con láminas de nácar muy delgadas, talladas y colo- 
readas por debajo. 

Como el resto, están recubiertas de tres capas de 
barniz transparente que les da un magnifico brillo. 
Para las lacas comunes, se substituye generalmente la 
esencia rara y costosa del Ourosi-no-Ki, por diferentes 
aceites fabricados con los granos de varias especies de 
euforbiáceas, á los cuales se le mezcla yeso, un poco de 
esencia de trementina y materias colorantes. 



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CUENTOS Y LEYENDAS 




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1% 



LA CALLE OE MOUROMATI. 



LA CEREMONIA DEL TE 

EN LA LEGACIÓN DEL JAPÓN EN PARÍS 

Un día, mi muy llorado amigo Hitsonda Komiozi, 
agregado entonces á la legación japonesa de París, 
vino á verme : 

— Es preciso que conozca usted la ceremonia del 
te — me dijo. 

— ¿ La ceremonia del te ? 

— Sí, es muy importante. No completaría usted su 
educación japonesa si dejara usted de conocerla. 

— Confieso humildemente que la ignoro y tengo 
gran impaciencia por presenciarla. 

— ¡ Ah ! — exclamó paseándose de un extremo á otro 
de la habitación — es extraordinariamente complicada ; 
necesita muchos preparativos y no pocos objetos, 
algunos de gran valor. En ciertas colecciones hay 
figuritas de estas que han costado centenares de miles 
de francos. 

— ¡ Cáspita ! 

— Simplificaremos — agregó riéndose. — Pero de 
todos modos, se necesitan algunos preparativos. 

— En fin i qué es ? ¿ una procesión ? 

— 63— c 



El Japón 

— No es eso precisamente. No se necesita mucha 
gente para hacer la ceremonia ; bastan tres y este es 
el mejor número ; lo esencial es la tranquilidad y el 
recogimiento. 

— I Se trata entonces de algún rito religioso ? 

— Así se cree algunas veces ; pero es un error. No 
hay nada de religioso en esta práctica ; sin embargo, 
un bofizo budhista llamado Shuko, de acuerdo con el 
shogoun Toshi-Massa, fijó las reglas en el siglo XV. 

— I Entonces no es muy antigua ? 

— Ya á principios del siglo IX, se hacía la ceremonia 
del te. Pero la primera bebida se sirvió tan sólo á 
la Corte. El te no se ha aclimatado y vulgarizado 
decididamente en el Japón sino hasta más tarde. Nos 
lo trajeron de China, donde es objeto de una especie 
de A'cneración ; algo análogo, quizás, á la que en otro 
tiempo inspiraba á ustedes " el zumo de la uva." 

" Existe en China un rito del te que data del siglo 
VIII. Los poetas cantan la bebida bienhechora 
en todos los metros y en todos los tonos. Dicen que 
es preciso beber siete tazas : " La primera no hace 
más que perfumar la boca y rociar la garganta ; la 
segunda consuela las tristezas de la soledad y de la 
melancolía ; á la tercera, el espíritu vibra, el corazón 
se anima y se siente uno capaz de grandes esfuerzos ; 
la cuarta hace subir á la piel un vapor que se esfuma 
llevándose todas las melancolías ; la quinta purifica los 
huesos y la carne ; la sexta hace que el bebedor se 
parezca á los genios inmortales y, al beber la séptima, 

-64- 



La Ceremonia del Te 

una brisa acaricia vuestros brazos, elevándoos, trans- 
portándoos en sus alas. ... A medida que el 
precioso arbolito fué prosperando en nuestra nación, el 
mismo entusiasmo se ha desarrollado concediéndose 
siempre una gran importancia al cultivo, conservación 
y preparación del te. 

" Durante las largas y violentas guerras civiles que 
turbaron al Japón en el siglo XV, se modificaron las 
costumbres ; el espíritu soldadesco, la rudeza, la 
brutalidad reinaban por doquier. Se pretendió in- 
troducii" en los campos el uso de la Tcha-no-you, 
ceremonia del te (literalmente : " el agua del te ") 
á fin de restablecer en las relaciones entre los hombres, 
la dulzura, la urbanidad y la delicadeza de antes, y el 
éxito coronó el intento. 

— ¿ Cómo ? ¿ Por qué singular poder del agua del 
te, ella sola bastó para reformar la educación del 
soldado grosero ? 

— Cuando lo haya visto usted, lo comprenderá — 
dijo Komiozi — Voy á ocuparme en los preparativos, 
y tomaremos hoy el te. 

Pero ¡ ah ! circunstancias imprevistas llevaron á 
Toldo bruscamente á mi amigo Hitsonda Komiozi, de 
donde no volvió ya. La Tcha-no-you guardó para mí 
su secreto. 

Mas ¡ qué doble alegría, cuando, al final de una 
amable invitación para la reunión que celebraban los 
señores de Motono en honor de los japonizantes de 
París, leí estas palabras : " Ceremonia del te " ! 

-65- 



El Japón 

Al entrar en los salones, recibí una sorpresa agradable: 
el ministro estaba vestido con su traje nacional ; el 
conde Hisamatsu, agregado militar, también lo vestía 
y todas las señoras japonesas lucían las delicadas 
prendas de su país. La señora Motono estaba peinada 
como las grandes damas de otro tiempo ; su magnífica 
cabellera, partida en dos, se deslizaba á lo largo de sus 
mejillas, — al estilo de un precursor de Botticelli, — y 
después, se reunían en un sola trenza, á lo largo de la 
espalda. 

Mientras se esperaba á que llegasen todos los 
invitados, nos enseñaron, con un aparato de proyec- 
ciones, grandiosos paisajes del Japón, templos, forta- 
lezas antiguas ; después, el señor Tatsuké, segundo 
secretario, el más parisiense de los japoneses de París, 
pronunció, en un francés elegante y con perfecto 
acento, un discurso histórico acerca del te y de la 
T cha-no -y ou. Fué muy aplaudido. 

Nos dijo que la ceremonia del te, aún en moda 
en nuestros días, tuvo sus fanáticos ; el skogoun 
Toski-Massa, del que hablaremos ahora, lo amó 
hasta tal punto que abdicó el poder en favor de su 
hijo para poderse consagrar por completo á su placer 
favorito. . . . 

Acaba de disponerse una mesa cubierta con un tapiz 
de seda, sobre la cual se pone un pesado escalfador de 
bronce cincelado, de donde sale un poco de vapor ; 
detrás de la mesa, una silla, y, cerca de aquélla, dando 



La Ceremonia del Te 

frente á los asistentes, cuatro sillas en línea recta. Los 
preparativos no son, pues, muy complicados. 

En actitudes reservadas y modestas pero sin la menor 
timidez ni torpeza, cuatro damas chiquititas, entre ellas 
la condesa Hisamatsu y la señora Tatsuké, se sientan en 
estas sillas. Son los cuatro invitados al 1 cha-no-you. 
Forman un cuadro encantador. 

Por fin, se entreabre una puerta y aparece la señora 
Motono, la cual avanza lentamente por el salón. 
Lleva diversos objetos á los cuales mira atentamente. 
Bajo el brillo de sus hermosos cabellos, su pálido y 
encantador rostro tiene una expresión cautivadora. Es 
una visión exquisita, llena de lejanas evocaciones, de 
misterio, de ensueños. 

Llega á la mesa y dispone, sobre ella, metódicamente 
los objetos que lleva ; después se aleja de nuevo, y 
trae otros. Reina un profundo silencio. 

Luego se sienta detrás de la mesa y se inclina 
saludando lentamente. Después, con tranquilo ade- 
mán, coge una taza, saca de su cintura un trapito de 
seda roja y muy sosegadamente limpia la vasija ; lo 
repliega en seguida cuidadosamente y se sirve de él 
para levantar la tapadera caliente del escaldador. 

Con una cucharilla de bambú de largo y frágil 
mango, coge un poco de agua y la vierte en la taza ; es 
para sumergir en ella un objeto ligero que se parece al 
batidor para hacer huevos á la nieve, y que tiene un uso 
análogo ; lo sacude á fin de vaciar el agua en una 
pilita de porcelana y enjuga la taza con un trapo blanco 

-67- 



El Japón 

que retuerce y plega. Luego abre una cajita de laca 
negra que contiene te verde perfectamente pulverizado. 
Con una finísima espátula coge tres porciones y las 
arroja en la taza ; estas tres veces la cucharilla de 
bambú vierte el agua hirviente en el polvo ; entonces, 
con el batidor, espuma la mezcla silenciosamente. 

La más joven de las invitadas se levanta, coge lenta- 
mente la taza y, saludando á una de sus compañeras, se 
la ofrece. 

Luego, con la misma lentitud vuelve á hacer la 
misma operación con otra taza. . . . 

¡ Y se acabó ! . . . ¿Se acabó ? . . . 

Pero al ver solamente aquel delicado trabajo, hecho 
por tan suaves, pálidas y pequeñas manos, con lentos 
y precisos ademanes, rimados como por una música 
muda, se comprende que aquello no es nada y es 
maravilloso. Se necesita un pueblo de un alma muy 
particular para haber concebido tal idea. Costumbres 
feroces desoían el imperio. Puños formidables, ensan- 
grentados, no saben sino manejar la lanza y herir. 
¿ Qué hacer para devolver la dulzura y la paz ? 
Confiarlas acaso á un objeto muy frágil que no deben 
romper, invitarles á un trabajo de extraordinaria 
delicadeza, convencerles de que es preciso realizarlo en 
el silencio y en el recogimiento. Y el éxito es seguro : 
los guerreros se someten al rito, cumplen la Tcha-no- 
you, se apasionan por ella. . . . No es ya Orfeo 
dominando á los leones con su canto, sino enseñándolos 
á cantar. 

— 68 — 



La Ceremonia del Te 

Tales contrastes en las almas de los héroes, no se 
hallan, sin duda, sino en el Japón, donde abundan 
considerablemente. Se sabe que, durante la última 
guerra, se encontró sobre las humildes víctimas de la 
metralla, graciosos poemas, escritos á sus familias ó 
inspirados por una flor, por un rincón del paisaje 
entrevisto entre las espantosas humaredas de la 
pólvora ; poemas lo bastante numerosos para que se 
haya podido formar con ellos un precioso volumen, con 
este lindo título : " Flores de cerezo." . . . 



-69- 




CASA DE Te. 



UNA FIESTA EN LA CORTE DEL MIKADO 

EN EL PALACIO DEL SURTIDOR DE AGUA 

En los primeros días de enero se celebraba en Tokio 
una de las tres grandes fiestas del Japón : " La fiesta 
de la poesía " que es acaso la más especial, la que más 
se parece á las costumbres antiguas, á las diversiones 
tradicionales de la corte del Mikado. 

En esta época, se envía al palacio, desde todos los 
puntos del imperio, poemas compuestos acerca de un 
asunto determinado. El Gran Maestre de la Poesía — 
¡ oh dichoso país donde existe, oficialmente tal 
función ! — elige entre todos los poemas y, el día de la 
fiesta, presenta al Emperador los que ha escogido. 

El día 10 de enero, hay reunión extraordinaria en el 
Gocho (Palacio imperial). Hacia la mitad de la ciudad 
turbulenta y tumultuosa, más allá de una interminable 
muralla gris y baja, se extiende otra ciudad, un sitio 
encantador donde están diseminados los espaciosos 
pabellones que constituyen la residencia del Emperador 
y de su corte. Por fuera, no se ve sino muros sombríos, 
algunas torres angulosas, puertas celosamente guardadas 
por soldados modernos con fusil y bayoneta calada, y 

— 73— H 



El Japón 

las copas de los viejos árboles que se asoman por encima 
dejas murallas. 

Este palacio fué construido por la familia de los 
Tokougavas, los shogounes que fundaron Yeddo, 
llamada hoy Tokio, la capital del Estado. Aun hoy se 
emplea los nombres antiguos para designar la resi- 
dencia imperial : Tchiyoda ó Fonki-Hagué (Jardín del 
surtidor de agua). 

Pocos son los privilegiados que han tenido la dicha 
de contemplar el maravilloso cuadro que encierran 
estas murallas grises que, después de franqueadas, 
parece que son como otras nuevas murallas. Entonces, 
una perspectiva de ensueño se ofrece á la vista, un 
paisaje delicioso en el cual las ramas sombrías de los 
cedros caen sobre el terciopelo claro del césped que 
se desvanece en lontananza. Sobre él brilla el invero- 
símil color carmesí de los arces, donde las gigantes 
camelias escalan los árboles, cerca de los altos bambúes, 
de los matorrales de malvas y de arbustos delicados, 
con flecos como plumas. Por entre los árboles, la vista 
abraza grandes espacios, corrientes de agua, puentes 
ligeros de laca púrpura, franqueando límpidos 
estanques ; luego se extienden los campos y los 
arrozales, que el mismo Emperador debe sembrar y 
cosechar, en persona, según el rito secular, y más lejos 
aún, en el horizonte, todo un fabuloso agrupamiento 
de colinas. 

Algunas veces este maravilloso paisaje se envuelve en 
una ligera nieve que es una belleza más. 

-74 — 



Una Fiesta en la Corte del Mikado 

Menos son aún los que pueden penetrar en la sala 
del gran pabellón, donde bajo ricos tapices de crespón 
violeta blasonados con el gigantesco crisantemo sim- 
bólico, hollando la espesa alfombra roja de anchas 
flores, se reúnen los nobles invitados. Alli están 
todavía las magnificencias de este Japón feudal, que 
tantos ensueños nos evoca, y que no se ha visto ni se 
verá nunca. Los trajes espléndidos apenas han cam- 
biado y si en el moblaje se ha aceptado algunas 
" mejoras " modernas, ha sido con la condición de que 
no pierda su característica. 

El Emperador preside la reunión. A su izquierda se 
sienta la Emperatriz Haron-Ko, (que quiere decir 
Primavera,) rodeada de sus damitas de honor, y á 
la derecha y en pie, el príncipe heredero Yoshi-Hito 
quien tiene á su lado á su esposa, la princesa Sado-Ko 
que es la hija del príncipe Kondjo, el jefe de una de 
las casas nobles más antiguas del Japón y forma parte 
de la familia imperial. 

A los pies de la Emperatriz se agrupan las seis 
princesas de la sangre, la mayor de las cuales, Tsonne- 
No-Mya, no tiene sino diez y seis años. 

El marqués Ito, presidente del Consejo privado, los 
ministros, los jefes militares y los altos funcionarios 
palatinos, están también presentes con sus familias. 

A los compases de una música discreta colocada sobre 
un estrado distante, dan vueltas unas bailarinas extra- 
ordinarias, mientras cada asistente á la fiesta copia en 
su abanico blanco el poema que ha compuesto. 

— 75- 



El Japón 

El asunto propuesto en el último concurso era : 
" La flor del ciruelo en el año nuevo " y la justa fué 
brillantísima. 

Pero i cómo expresar en español estos delicados 
poemas cuyo encanto es más frágil que el ala de una 
libélula ? La musa japonesa calza un coturno más 
estrecho aún que el más pequeño zapatito chino. El 
molde casi único, en el que hay que vaciar el pensa- 
miento, obliga á una terrible concisión : el conjunto 
no tiene más que cinco versos que forman, en total, 
treinta y un pies. Traducido, en prosa, se desvanece 
todo su encanto. 

He aquí la traducción de los versos del Emperador, 
traducción que no puede dar sino una idea pálida de su 
belleza : 

El año despunta obscuro, 
la nieve vela la aurora, 
El cielo, vuelve á ser azul, 
porque el ciruelo acaba de jiorecer, 
T su dulce perfume lo implora. 

La emperatriz Harou-Ko, que tiene reputación de ser 
una poetisa incomparable, trató del modo siguiente, 
el tema propuesto : 

En el parque todo blanco 
de Tchiyoda, ¿ qué es lo que 
el primer día del año 
sonr'ie desde el alba triste ? 
Es la flor del ciruelo rosa. 

-76- 



Una Fiesta en la Corte del Mikado 

En los días de fiebre y de inquietud que atravesaba 
el Japón, apenas estaba dispuesto el Emperador para 
tomar parte en los regocijos y en las fiestas. Es el 
espíritu más iluminado, el más serio que se que se ha 
aplicado por encima de todo para justificar el título 
del reinado Meidgi : *' Gobierno luminoso." Ha 
abolido muchas fiestas que interrumpían el trabajo y 
entorpecían la marcha de la nación nipona hacia el 
progreso y no ha conservado más que tres : la del lo de 
enero, la " fiesta de la poesía " ; la conmemoración del 
advenimiento del primer emperador del Japón y la de 
la proclamación de la nueva constitución que se hace 
coincidir con la fecha ilustre del 1 1 de febrero, la cual 
se celebra sin interrupción desde hace 2500 años, y la 
tercera es el aniversario del nacimiento del actual 
Emperador, el 3 de noviembre, que es la fiesta nacional. 

Hoy, los soberanos se dejan ver en los sitios públicos. 
Salen en coche escoltados por una guardia de á caballo. 
El Emperador viste siempre á la europea, con uniforme 
de general ó de almirante. Es un hombre de mediana 
estatura, de hermosa frente pensativa y rostro simpático 
cuya expresión revela energía y bondad. Es justo, 
clemente y bienhechor, ama á su pueblo por encima 
de todas las cosas y sólo se preocupa de la felicidad de 
sus subditos. Con audacia y prudencia guía y retiene 
en la nueva vía á esta ardiente nación, tan apasionada 
por el progreso, y que con tan sincero entusiasmo ha 
tendido la mano á las naciones de raza blanca de las 
cuales es, hoy día, aliada . 



El Japón 

El Japón tiene razones para estar reconocido á 
nuestra civilización ; le debe mucho, en efecto, pero 
no todo. El secreto de su fuerza, de la potencia 
militar que ha adquirido en tan poco tiempo, la 
debe al Bushido. Esta es una palabra que siempre 
ha tenido para los japoneses, un sentido sagrado ; 
significa " espíritu caballeresco." Solos, en el 
Extremo-Oriente, más bien desdeñosos de los com- 
bates, los hijos del Sol naciente siempre han estado 
inflamados de ardor guerrero, ya sea bajo una coraza 
de cuerno, con lanza y flechas, ya vestidos con el 
uniforme de infantería y armados del fusil Remington, 
pelean siempre con indomable valor é irresistible 
ímpetu. 

Ante la larga serie de héroes que los contempla, la 
misma llama belicosa arde en su alma y el mismo 
fanatismo patriótico les domina. 

Otro sentimiento reúne aún en un solo haz, im- 
posible de romper, á toda la nación, y es el profundo 
afecto que tienen á la familia imperial. Desde el más 
elevado personaje hasta el aldeano más humilde, todos 
tienen el mismo respeto, la misma sumisión. No hay 
una sola voz discordante en todo este pueblo que 
tiene, para su soberano, un solo corazón y un solo 
amor. 

I No es esta una situación única, una fuerza sin 
semejante ? Esta es la que hace casi invencible al 
emperador Moutsu-Hito, el descendiente de Zinmou, 
fundador, en el año 66o antes de nuestra era, de la 

-78- 



Una Fiesta en la Corte del Mikado 

dinastía que, según la fórmula oficial, reina en el Japón 
" desde el principio del tiempo, y siempre." * 

* Ya en prensa la presente edición española, se recibe la noticia de 
la muerte del Mikado, acaecida el 30 de julio de 1912 á las once y 
cuarenta y tres minutos (hora del Japón). 

El Emperador Moutsu-Hito es de los pocos que han ejercido en su 
pueblo tan sana y poderosa influencia. Desde la edad de quince años 
en que subió al trono hasta que á los sesenta (nació en Kioto el 3 de 
noviembre de 1852) la diabetes y el mal de Bright lo llevaron á la tumba, 
no dejó de luchar en pro de la cultura del pueblo nipón que parecía 
estancado en el siglo XIII y que en menos de cuarenta años ha entrado 
en el concierto mundial, habiendo dado á Europa, pruebas sangrientas 
de su poderío, en su reciente guerra con Rusia. [N. del T.) 



79- 





E.L í-ALACiO Oíl. &OKTIÚOH Ot. AÚOA. 



LA COLINA DE LA PRIMAVERA 

Uno de los paseos favoritos de los habitantes de 
Tokio es el que conduce, bordeando la Colina de la 
Primavera, á la gloriosa sepultura de los cuarenta y 
siete Ronines. 

En 1 70 1, cuando reinaba el shogoun letsuna, se 
preparaba unas fiestas en honor de un enviado de 
Kioto. El subgobernador del Kozuke, Kira Yoshi- 
hide, recibe el titulo de Maestro de Ceremonias, con 
encargo de organizar las recepciones. Para ayudarle 
tiene un adjunto, Asano, señor de Ako. Pero i ay ! no 
reina el acuerdo entre estos nobles dignatarios. Asano, 
provocado por su jefe, quien le injuria sin causa 
justificada, saca su sable y hiere al insultador, y por 
este motivo incurre en una sanción grave, porque está 
prohibido, bajo pena de muerte, sacar el sable en 
palacio. El daimio es condenado á hacer " Hara- 
Kiri," es decir á suicidarse abriéndose el vientre con 
sus dos sables. Además se le confiscan los bienes y todos 
los samurai de su tribu, pierden su autoridad, y se 
convierten en ronines, quedando fuera de la ley. 

Antes, la única preocupación de estos valientes, que 
no conocen el miedo, era la de vengar á su superior. En 

-83- I 



El Japón 

número de cuarenta y seis, se reúnen bajo la presidencia 
del Karo-Kuranosake, el subsecretario de Hacienda de 
la tribu. Como gente hábil, fingen una dispersión 
para alejar toda vigilancia. 

El chambelán, espera, sin embargo, sufrir las 
represalias y durante mucho tiempo desconfía. 
Después, como pasa el tiempo sin que sus enemigos 
hagan un movimiento ofensivo, se desvanecen sus 
temores y se duerme con una engañosa seguridad ; 
momento que aprovechan los conjurados. 

Una noche de invierno Kuranosake reúne á los suyos. 
Una espesa capa de nieve apaga el ruido de sus pasos. 
Caminan silenciosamente envueltos en sus capas 
sombrías, con los rostros ocultos por antifaces. Llegan 
al palacio de Kozuke y escalan los muros. Una vez en 
él se desenmascaran, encienden sus antorchas y con 
formidables gritos se precipitan al asalto. Triunfan 
prontamente de la resistencia de sus adversarios ; pero 
el chambelán está oculto en el almacén de carbón. 
Después de largas pesquisas le encuentran y le quieren 
obligar á hacer el " Hara-Kiri." Se opone, y entonces 
los ronines, creciéndose ante su cobardía, le traspasan 
con su lanza, le cortan la cabeza y la llevan, como 
trofeo, á la tumba de Ako. Luego, se constituyen 
prisioneros. En suma, su acción es legítima, según las 
costumbres del país, y excita la admiración del pueblo 
que pide el perdón para los cuarenta y siete samurais. 
Pero como han atacado á un alto personaje, están 
condenados al suicidio, y al amanecer, se les lleva 

-84- 



La Colina de la Primavera 

vestidos de blanco, al templo de Sengakugi en el cual 
se les da muerte con arreglo á los ritos establecidos. 

Se les hace magníficos funerales y el pueblo conserva 
piadosamente el recuerdo de sus hazañas. 

Para los japoneses, los cuarenta j siete ronines son la 
más perfecta expresión del samurai, cuyas virtudes 
deben ser : la fidelidad al jefe, la prudencia en el 
consejo, la audacia en el ataque y un profundo 
desprecio á la muerte. 

El Mikado actual se ha hecho eco del sentimiento de 
todo un pueblo el día en que, para rehabilitarles en 
nombre de la autoridad, ha dispensado á estos bravos 
el honor postumo de condecorarles con el Ramo de 
Oro que él mismo colgó en las tumbas de la Colina 
de la Primavera. 



-85 



EL CASAMIENTO DE YAMATA 



Una mañana de la quinta luna de estos últimos 
veranos, una linda barca subía lentamente por el 
0-gava y salía de Tokio, la capital del Japón, que se 
llamaba Yeddo bajo el virreinado de los Taicounes. 

Dirigían la embarcación dos bateleros en pie, uno en 
la proa y otro en la popa, quienes, de vez en cuando, 
cambiaban entre sí algunas palabas referentes al oficio, 
por encima de las cabezas de dos jóvenes que iban 
sentados en el fondo de la barca. 

Uno de éstos, inclinado hacia el agua, hundía en ella 
uno de sus dedos, como si quisiera trazar una línea 
sobre la superficie del río ; el otro, con las manos 
sobre la cabeza, miraba al cielo. 

El aire era deliciosamente fresco ; el sol, velado aún, 
parecía un rubí perdido entre muselinas, y nubes 
rosadas rodaban sobre el horizonte, como cojines de 
seda, rechazados por el brazo de un durmiente que 
despierta. 

En las márgenes del río, la ciudad parecía un pueblo 

-87- 



El Japón 

de vapores y el confuso rumor que surgía de ella se 
esfumaba en el alborozo matinal de los pájaros 
acuáticos congregados á miles en los grandes juncos y 
en los cañaverales. 

De pronto, el joven que estaba tendido se levantó 
y, mirando á su compañero, se echó á reir. Este volvió 
la cabeza y se rió también. 

— ¿ Qué te pasa, Boitoro ? — dijo. 

— ¿ Y á ti, Miodjin ? — contestó el otro. 

— I Por qué te ries ? 

— ¿ Por qué mi risa, como sauce que se inclina hacia 
el agua, ha encontrado un reflejo en tus labios ? 

Miodjin bajó la cabeza, enrojeció un poco y mordió 
su abanico. 

— Soy yo, pues, quien debe comenzar las confi- 
dencias — replicó Boitoro, á quien no sorprendió la 
conf US ion de su amigo. 

— ¿ Qué confidencias ? — murmuró Miodjin. 

— I Por qué callar tanto tiempo ? — dijo Boitoro. — 
Desde hace un año nuestro secreto no ha salido de 
nuestros corazones, aunque éstos se escuchaban y se 
entendían. Nuestros actos hablaban en vez de nues- 
tros labios, y, de común acuerdo, seguimos el mismo 
camino, sin saber donde vamos. En este momento 
I por qué nos conduce esta barca fuera de la ciudad ? 

— Porque hoy es el sexto día del mes, el día de la 
fiesta de las banderas y huimos de la multitud que 
invade la ciudad — respondió Miodjin riendo. 

— ¿A dónde vamos ? 

— 88 — 



El Casamiento de Yamata 

— A la posada de los " Cañaverales florecidos " donde 
hay apacibles soledades y paisajes encantadores. 

— ¿Y no esperas allí más que eso? — preguntó 
Boitoro, con aire de incredulidad — ¿ No piensas en- 
contrar, como el año pasado, á la puerta de la posada, á 
dos jóvenes acompañadas por su madre, su hermano 
mayor y algunos criados ? ¿ No hace macho tiempo 
que aguardas impacientemente este día, con la espe- 
ranza de ver de nuevo el puente barnizado de laca 
que se curva sobre el estanque, el cedro centenario 
que cobija á la posada y el rostro regocijado del 
posadero ? 

— ¿ Por qué violentar estos dulces pensamientos ? 
I Por qué recordarlos en pleno día, como aves noc- 
turnas á las que daña la luz ? Si desde hace un año 
estamos callados ¿ por qué, pues, hablar hoy ? 

— Porque ya no somos niños, Miodjin, y hemos 
variado bastante. El grano hundido en la tierra 
oculta durante algún tiempo su misteriosa labor ; pero 
después, sube el tallo y desplega su follaje ; el amor es 
como una planta, y el que ha germinado en nuestro 
corazón no espera sino un rayo de sol, la cálida mirada 
que lo haga florecer. El año pasado no éramos sino 
dos jóvenes estudiantes, alegres y locos, y debíamos 
ocultar el sentimiento que abrigábamos, como los 
ladrones ocultan un tesoro robado ; pero hoy han 
terminado nuestros estudios, somos libres y es preciso 
que obremos prontamente, sin esperar á que otros 
hayan conquistado el corazón de nuestras amadas. 

-89- 



El Japón 

— Tienes razón, amigo mío — dijo Miodjin, un poco 
melancólicamente — haré lo que quieras. 

En este momento dejaron de remar los barqueros. 

— Miren el Fousi-Yama — dijo uno de ellos. 
Calláronse los jóvenes y ambos se levantaron para 

admirar en el horizonte la soberbia montaña que, sin 
las brumas de la mañana, por encima de los arrozales, 
se elevaba majestuosamente, envuelta en su manto de 
nieve, á la que el sol arrancaba destellos dorados ; 
entre las colinas aterciopeladas y verdes, ondulando á 
sus pies, parecía un príncipe en medio de los señores de 
su corte prosternados á sus plantas. 

— Futen, el dios de los vientos, que vive en la cima 
del monte Fusi, ha soplado sobre las nubes que rodeaban 
su mansión — dijo Miodjin. 

— Efectivamente — añadió Boitoro, colocándose la 
mano sobre los ojos á guisa de pantalla — la mañana está 
despejada y tendremos un poco de brisa todo el día, 
que nos permitirá soportar el calor, porque se distin- 
guen los edificios de los bonzos. 

Volvieron á remar los barqueros llegando al poco 
tiempo á una pequeña bahía, ensombrecida por una 
soberbia vcjetación, ante la posada de los " Cañaverales 
floridos." 

Los lirios, las flexibles cañas enlazándose como haces 
de mazorcas salpicados de flores en forma de estrella ó 
de crestas delicadas, como el plumón de un patito, 
sólo dejaban un estrecho camino á las barcas que con- 
ducían á los parroquianos á la posada. La habita- 

— 90 — 



El Casamiento de Yamata 

ción no se veía sino á medias, bajo las largas ramas 
planas del cedro centenario que sobre ella se extendía, 
y á través de la espesura de las plantas trepadoras, 
enroscadas en sus delgados pilares de madera. 

A una voz de los remeros, una criada joven, vestida 
con un traje de algodón azul y tocada con un gran som- 
brero de paja de bambú, sostenido por un cordón que le 
pasaba por detrás de las orejas, salió déla casa. El posa- 
dero salió, á su vez, con el abanico en la mano, y saludó : 

— i Ah ! — exclamó — ; qué honor para mi posada 
recibir la visita de tan nobles señores ! 

Y, levantando un poco su túnica, se inclinó para 
amarrar á una estaca la cuerda de la barca. 

Los jóvenes saltaron á tierra y entrando en la posada, 
se despojaron de sus sables y de sus pesados sombreros 
de laca negra, adornados únicamente con una mariposa 
ó una flor de oro. Después de haber bebido una taza 
de sake se perdieron en una avenida umbrosa. 

— i Si no vinieran ! — exclamó Boitoro. 

— Estoy seguro de que vendrán — dijo Miodjin, con 
acento de profunda convicción. 

Biotoro miró á su amigo con aire sorprendido y 
curioso á la vez. 

— Sí, estoy seguro de que vendrán — repitió Miodjin. 
— Oí que una de ellas, que estaba cerca del pabellón 
de " Las mil campanitas," decía á su hermana : 
" Cuando volvamos el año que viene, este joven 
pescador habrá crecido un sasi^ Sé hasta el nombre 
de la mayor : se llama Yamata. 

— 93— K 



El Japón 

— I La mayor ? ¿ la que yo amo ? — exclamó 
Boitoro — i Sabías su nombre y no me lo has dicho ? 
Y el de tu bien amada, ¿ lo sabes también ? 

— No — dijo Miodjin, quien de repente se había 
puesto pálido como la arena del sendero. 



II 

El pabellón de " Las mil campanitas " era un pequeño 
mirador que se alzaba en una de las márgenes del río 
en un claro del follaje. Se componía solamente de un 
techo, sostenido en cada ángulo por una vara de 
bambú ; el entarimado, bastante apolillado, estaba 
más alto que el terreno y era necesario dar una zancada 
para subir. 

Del lado del río había una pequeña balaustrada. El 
pabellón no tenía ninguna campana que justificara su 
nombre, á no ser que se considerasen como tales, las 
plantas trepadoras que lo tomaban como por asalto. 
El paisaje que se veía desde él era verdaderamente 
encantador. 

Los dos jóvenes se instalaron en el pabellón y 
miraban el río porque ninguna barca que viniese de la 
ciudad, pudiera ir á la posada, sin pasar ante ellos. 
Boitoro había encendido su pipa, cuyo depósito de plata 
no era mayor que un dedal. Miodjin, acodado en la 
balaustrada, esforzábase por ocultar su turbación y su 
tristeza ; pero su compañero notó su palidez. 

— I Qué tienes ? — le preguntó. — i Estás enfermo ? 

-•■94 - 



El Casamiento de Yamata 

— l No estás tú como yo ? — dijo Miodjin, con 
voz temblorosa. — Toda la sangre me afluye al corazón 
y me ahoga una terrible angustia, á medida que 
se aproxima el momento, que con tanta ansiedad 
esperamos. 

— Yo también estoy emocionado — dijo Boitoro — 
pero mi emoción es alegre ; mi sangre corre más 
aprisa por las venas y me siento feliz, mientras que tú 
pareces sufrir. 

— Me asaltan mil inquietudes — replicó Miodjin — 
es verdad que amamos ; pero, ¿ somos correspondidos ? 
Las jóvenes á quienes esperamos ¿ no habrán dis- 
puesto de su corazón ? Tengo tristes presentimientos. 
Aliora mismo me ha parecido que un zorro me hacía 
gestos, detrás del tronco de un cedro. 

— Abandona los funestos presagios — exclamó 
Boitoro. — Ya se acerca la barca tan deseada. 

En efecto, una barca surcaba el 0-gava y se oía como 
un murmullo musical. Los dos amigos se inclinaron 
hacia el agua por ver si podían distinguir á las personas 
que venían en la barca ; pero no se veía sino una 
masa deslumbradora cuyos vivos colores se reflejaban, 
ondulantes, en el río. No se distinguía sino á los 
remeros cuyas siluetas se recortaban en el cielo, pero 
no tardó en verse una serie de banderolas que empave- 
saban la pequeña embarcación y poco después, 
quitasoles rosa de papel de fibras de bambú y lindos 
tocados femeninos. 

Los rayos del sol jugueteaban en medio del grupo, 
— 95 — 



El Japón 

arrancando destellos que cabrilleaban en el agua, 
agitada por los remos. 

De repente exclamó Miodjin : 

— ¡ Son ellas ! 

— Sí, sí, son ellas — dijo Boitoro que se resguardaba 
del sol con su abanico. — Yamata viene acodada en el 
tabique de su camarote. 

No tardó la barca en deslizarse ante el pabellón de 
" Las mil campanitas," j Boitoro y Miodjin pudieron 
ver á dos jóvenes que, acompañadas por una mujer de 
edad madura, estaban sentadas en la popa, rodeadas por 
el oleaje de seda de sus vestidos. Largos alfileres de 
concha rubia se hundían en sus negros cabellos que 
diríase rodeados de una corona de rayos ; y la tez 
crema de sus rostros estaba ligeramente coloreada por 
la transparencia de sus quitasoles. 

Una de las muchachas alzó la vista hacia el pabellón, 
sonrió al distinguir á los dos jóvenes y pudo verse 
brillar sus dientes, como granos de arroz. 

En la proa de la barca, un joven elegantemente 
vestido, estaba inclinado atándose las cintas de sus 
zapatos y el sol abrillantaba su sombrero de laca negra, 
en forma de escudo. Los criados ocupábanse de los 
cestos de las provisiones. En el interior del camarote, 
visible a causa de sus anchas ventanas, una cantante 
de leyendas nacionales, alquilada para divertir á los 
paseantes, estaba acurrucada en el suelo y hacía vibrar 
las cuerdas de su ¿zV^z, cantando al mismo tiempo, con 
voz aguda, una romanza popular. 

-96- 



El Casamiento de Yamata 

Sobre el agua silenciosa, en el aire tranquilo, se oía 
perfectamente la letra de la canción : 

" He aquí — dijo el hada al anciano — dos canastillas, 
una pesada y otra ligera : Elige. 

"Para un pobre viejo como yo — dijo el anciano — 
la ligera será pesada aún." Y cogió la ligera. 

'* Como se lo había mandado el hada, no abrió la 
canastilla hasta que llegó á su casa. Estaba llena de 
trajes muy lindos. 

" Su picara mujer le preguntó de dónde procedía 
aquello y cuando lo supo, pensó que también ella podía 
encontrarse con el hada. 

" Se fué á la colina y, en efecto, vio aparecer al 
hada. " Me maltrataste — le dijo ésta — cuando estuve 
en tu casa bajo la forma de un gorrión. — Sin embargo, 
escoge entre estas dos canastillas." 

" La mujer cogió la más pesada y volvió á su 
casa muy orguUosa ; pero cuando abrió la canastilla, 
salieron de ella dos horribles monos encarnados que 
escaparon haciéndole gestos." 

La cantadora enmudeció. 

Desapareció la barca detrás de los lirios de agua y 
de los iris, en la pequeña bahía que rodeaba á la posada. 

Boitoro, abandonando precipitadamente el pabellón, 
corrió al desembarcadero. Miodjin, le siguió á dis- 
tancia y, ocultándose detrás de un árbol, vio que su 
compañero se acercaba á los recién llegados, saludán- 
doles graciosamente. 

— j Ah ! — exclamó el hermano de las jóvenes — 

— 97 — 



El Japón 

Nos encontramos con los mismos compañeros del año 
pasado. Seguramente hemos de pasar un día muy 
agradable. 

— Creía que nos volveríamos á ver — dijo la madre, 
cuyo ancho rostro se iluminaba con una sonrisa 
luminosa. 

— La esperanza de volverles á ver, nos ha traído á 
este sitio — dijo Boitoro mirando á Yamata. 

— I No está su amigo con usted ? Me pareció verle 
al pasar ante el pabellón — añadió la menor délas jóvenes 
alzando la manga de su vestido, y ocultándose un poco 
detrás de su hermana. 

Era linda y menuda, y tenía el aspecto vivo y curioso 
de un pájaro. Su vestido azul, adornado con hilos de 
oro, se ceñía á sus caderas, y un nudo enorme se inflaba 
detrás del talle. Llevaba gentilmente, sobre los alfileres 
que adornaban su peinado, su quitasol rosa y azul. 

Su hermana era de una belleza más grave, velada 
dulcemente por un tinte melancólico ; sus ojos de 
negras pupilas, dejaban escapar relámpagos brillantes 
y dolorosos y era encantadora su triste sonrisa. 

Miodjin había abandonado su escondite al oír que 
la joven preguntaba por él. Acercóse al grupo y su 
mirada se cruzó con la de Yamata. Esta volvió la 
vista en seguida. 

— Allí le tienes — dijo en voz baja la más joven, á 
su hermana. 

— Cállate, Mizou — murmuró Yamata ; — disimula 
tu alegría. 

-98- 



El Casamiento de Yamata 

Mizou hizo un gracioso gesto, y abrió su abanico 
para mirar á través de él. 

— Futen — dijo la madre dirigiéndose á su hijo, — 
invita á estos señores á pasar con nosotros este día de 
campo, ya que hemos tenido la fortuna de volverlos á 
encontrar. 

— Venerable madre, la noble Yakouna ha dicho en 
alta voz lo que pienso — respondió Futen inclinándose 
graciosamente ante los dos amigos. 

— Perfectamente — dijo Boitoro, — y plegué al cielo 
que no sea este día el último que pasemos juntos. 

Futen hizo una gentil pirueta y, echando á correr, 
desapareció en el bosque. 

Inmediatamente todos empezaron a pasear por la 
umbría con exclamaciones de gozo, con ese aspecto de 
pájaro que adquieren los habitantes de la ciudad 
cuando llegan al campo. 

Buscaron un buen sitio sobre la hierba, para almorzar. 
Cada uno creía haber encontrado el más lindo rincón 
y todos corrían alegremente de un lado para otro. 

Boitoro se había unido á Futen, el hermano de las 
jóvenes. Este era un muchacho alegre, de rostro 
redondo, picado de viruelas, de labios gruesos y pupilas 
maliciosas. Se había levantado el traje, fijando uno de 
sus paños en la cintura para que, al correr, no le 
molestara la maleza, dejando ver sus pantorrillas more- 
nas y nervudas. 

— ¿ No tienes hermanos, señor Futen ? — le pre- 
guntó Boitoro, mientras caminaba al lado del joven. 

— 99 — 



El Japón 

— No ; soy yo el jefe de la familia — contestó Futen, 
dándose aire de cómica importancia. 

— é Y te quejas de no tener otra compañía que la 
de las mujeres ? 

— El pez nada en el río en que nace ; y pido todos 
los días al sol, que me envíe dos cuñados de mi gusto. 

— Con la belleza de tus hermanas, Ten-Sio-Dai- 
Tsin no tendrá mucho que trabajar para complacerte. 

— ¡ Ah ! exclamó Futen — bien se ve que no las 
conoces. Son coquetas, caprichosas y derrochadoras, 
hasta el punto de espantar al marido más generoso. 

— Pues yo sería feliz sometiéndome á los caprichos 
de Yamata — dijo Boitoro lanzando un suspiro. 

Futen se puso serio de pronto. 

— Si hablas al jefe de la familia — dijo — no bromees. 
i Quién eres para casarte con mi hermana ? 

— Hablaré en mi nombre y en el de mi amigo 
Miodjin que ama á tu otra hermana — dijo Boitoro. — 
No tenemos padres, de modo que él es toda mi familia, 
como yo soy toda la suya ; nos conocimos en los 
bancos de la escuela y nos amamos desde entonces. El 
es samurai, como yo ; poseemos bastante capital, del 
cual disponemos desde hace algunos meses. Ha un 
año que amamos, en secreto, á tus hermanas y hemos 
venido hoy aquí, para decidir algo en concreto. 

— Está bien. Lo pensaré — dijo Futen volviendo á 
adquirir su aspecto alegre, y, desafiando á Boitoro para 
que le cogiese, echó á correr á través de los árboles. 

Ya estaba elegido el lugar á donde se iba á comer y 
— ICO — 







¿'>^ 



El Casamiento de Yamata 

los criados lo rodearon de un trenzado de cañas que 
formaban como una muralla. También pusieron 
cañas sobre la hierba, colocando sobre ella, mesitas 
bajas, de laca negra, adornadas con oro. No tardó el 
suelo en cubrirse de cacerolas y platos, llenos de arroz 
y de sake, facilitados por el posadero. 

La cantadora de leyendas, después de haber instalado 
su pupitre adornado con dos gruesas borlas rojas, 
apoyó en él su biz>a, y paseó, cogiendo flores. 

Los nuevos amigos charlaban por grupos, pero 
la madre, batiendo palmas, exclamó : 

— i Pronto ! . . . ¡ pronto ! . . . 

Todos se colocaron en círculo, y cogiendo con una 
mano bastoncitos de laca ó de marfil, que se manejan 
como alfileres, empezaron á comer. 

Boitoro estaba muy contento. Reía y bromeaba con 
su futuro cuñado devorando con los ojos á la bella 
Yamata. Mizou parecía también muy alegre y miraba 
á Miodjin sonriendo ; pero éste, pálido y silencioso, 
no levantaba la vista del suelo y apenas comía. 

Yamata no comía tampoco. 

Futen seguía hablando, en voz baja, con la cantante 
y ésta cantaba improvisando, al compás de su bwa, y 
sus canciones se referían á las secretas preocupaciones 
de todos ; hablaba de unos jóvenes que, sentados 
sobre la hierba, comían juntos por vez primera. 
Pensando en las comidas familiares que hacen á 
diario los que aman, bebían sake en tazas con fundas 
de paja, pero pensaban que era más dulce vaciar el 

— 103— L 



El Japón 

lindo vaso de dos golletes que se bebe el día de la 
boda. 

" I Quién sabe lo que ocurrirá ? — decía la termina- 
ción. — Depende del dios de los vientos que sopla de 
un lado ó de otro y junta ó separa las cosas." 

Esta alusión en nombre de Futen, que es también, 
el genio de los Vientos, era tan clara que todos miraron 
á aquél, sonriendo. 

— Bien — dijo alegremente — hay que ofrecer al- 
gunas libaciones á ese genio caprichoso para que sople 
á gusto de todos. ¡ A tu salud. Futen ! 

Y vació, de un solo trago, una copa de sake. 

Todos rieron excepto Yamata y Miodjin. La 
comida se prolongó mucho tiempo. 

Después que hubieron acabado de comer, bailaron 
alrededor de los restos. Futen propuso el corro del 
arroz pero sólo él conocía las numerosas y complicadas 
figuras ; se equivocaban, se cansaban, y todos ter- 
minaron acostándose sobre la hierba, para dormitar. 

Por la noche, iluminaron las embarcaciones y, lenta- 
mente, volvieron á la ciudad. Las dos barcas se 
deslizaban una al lado de la otra balanceando sus 
grandes linternas. La cantadora de leyendas punteaba 
distraídamente las cuerdas de su instrumento. 

Por la parte de la ciudad, un gran resplandor 
iluminaba el cielo : era Tokio que se encendía. A 
medida que se iban aproximando, aumentaba el ruido 
de los gritos y de las músicas, y á cada momento, los 
cohetes hendían el aire. 

— 104 — 



El Casamiento de Yamata 

— Todavía dura la fiesta — dijo Futen, que iba en 
pie, en la popa de la barca. 

Las orillas del río estaban á obscuras. Los alma- 
cenes, los entrepuentes, los despachos de expedición, 
que lo encerraban entre sus filas de construcciones 
regulares, no tenían ni una luz encendida. El festón 
ininterrumpido formado por sus tejados, destacábase, 
en negro, sobre las claridades de las calles. 

Pasaron las barcas bajo un hermoso puente encorvado 
como un arco tenso ; después bogaron por un canal, 
en donde se detuvieron. 

Como la casa de las jóvenes estaba un poco lejos, 
tenían que ir á pie. 

— Nosotros las acompañaremos — dijo Boitoro, — y 
así sabremos donde está su casa. 

— ¡ Cuidado no os vayáis á perder entre la multitud, 
y tened cuidado con los ladrones ! — previno Futen. 

Y, tomaron aliento para gobernarse en medio de la 
baraúnda, como si se arrojasen en ondas agitadas por 
el huracán. 

Al día siguiente, muy de mañana, los dos amigos 
salieron al campo para buscar un arbusto parecido 
al espino, cuyas hojas permanecen constantemente 
verdes. 

Cuando le hubieron encontrado sacaron sus respec- 
tivos sables y cada uno cortó una rama. Pero, luego 
de un momento de reflexión, Miodjin arrojó la suya á 
la maleza. 

— I Por qué haces eso ? — le preguntó Boitoro. 

— 105 — 



El Japón 

— Porque no es conveniente pedir á las dos jóvenes 
á la vez. Cuando se haya decidido la suerte de la 
mayor, habrá tiempo de pensar en la más joven. 

— Tienes razón — dijo Boitoro bajando la cabeza — 
i Pobre amigo mío, cuánto se va á retardar tu felicidad ! 

— Esperaré — dijo Miodjin sonriendo tristemente. 
Los dos amigos volvieron á la ciudad, é inmediata- 
mente fueron á la casa donde vivían las jóvenes. 

Boitoro pidió prestado un taburete á un comerciante 
vecino y colgó la rama verde encima de la puerta de 
entrada de la casa de Futen ; después se alejó y ambos 
se apostaron en la esquina de la calle para obervar. 

Un criado de la casa, que salió al poco tiempo, 
levantó las narices y viendo la rama suspendida, volvió 
á entrar rápidamente. Algunos instantes después, 
salió la familia y miró la rama, entrando al poco tiempo. 

— i Ah ! — gimió Boitoro quien no quitaba los ojos de 
la casa — ¿ me aceptará ? 

Volvió á abrirse la puerta y apareció una criada 
con una especie de banquito de laca verde. Seguíala 
Yamata pálida de emoción. Sostenida por la criada, 
la joven subió lentamente al taburete, desató la rama 
y se la llevó. 

— i Me acepta ! ¡ me acepta ! — exclamó Boitoro, 
que atravesó corriendo la calle para entrar en casa de 
su prometida. 

En su alegría, no vio la turbación de Miodjin quien, 
en lugar de seguirle, se apoyó en la pared con los ojos 
llenos de lágrimas. 

— 1 06 — 



El Casamiento de Yamata 

Llegó el día fijado para la boda de Yamata j Boitoro, 
Y todos los invitados iban ataviados con sus mejores 
trajes. Yamata los recibió con una triste sonrisa j muy 
pálida, vestida con su traje nupcial. 

Boitoro estaba grave j contento, j Futen había puesto, 
momentáneamente, sordina á su loca alegría ; la madre 
de la casada enjugaba una lágrima j Miodjin mostrá- 
base obsequioso con la joven Mizou. 

Cuando estuvieron todos reunidos, comenzaron las 
ceremonias. Todos fueron conducidos á un patio en 
cuyo centro ardía un gran fuego. 

Dos jóvenes, vestidas con trajes azules bordados 
con mariposas de oro, avanzaron graciosamente. Estas 
jóvenes representaban una pareja de lindos insectos, 
todo alas y todo amor, que simbolizan la felicidad 
conyugal. Cada una sostenía por un asa una gran 
canastilla llena de juguetes de niños, que, sucesiva- 
mente iban arrojando al fuego. 

— El niño ya no jugará — decía una. 

— La niña se convertirá en mujer, como la crisálida 
en mariposa. 

— Sonreirás á tu esposo y arreglarás la casa. 

Y los juguetes, unos después de otros, iban cayendo 
en el fuego, que crepitaba. Cuando ya no quedaba 
más que uno, las dos mariposas, exclamaron batiendo 
palmas : 

— ¡ Marchémonos ! \ Marchémonos ! 

Entonces rompió á llorar la madre, Mizou levantó la 
manga de su traje hasta la altura de los ojos, Futen 

— 107 — 



El Japón 

bajó la cabeza y Yamata se ocultó el rostro bajo sus 
blancos velos. 

Esta ceremonia nupcial, que diríase un duelo, 
significaba que la joven moría para su familia y sólo 
era para su esposo. 

Entonces los invitados, escoltando á la novia, salieron 
en dirección de la casa del novio. 

Boitoro y Miodjin habían escapado sin ser vistos, 
y el primero estaba ya en el salón de honor de su casa 
cuando llegó la comitiva. Recibió á su esposa con las 
muestras de la más profunda alegría é invitó á los 
acompañantes á beber y á divertirse ; pero las jóvenes 
que iban vestidas de mariposas condujeron á los recien 
casados ante las imágenes de los dioses del hogar, 
colgados de las paredes. Uno frente á otro, apuraron 
hasta la última gota, un vaso de metal lleno de sake. 
Este vaso, que sostenía una de las jóvenes por un largo 
mango, tenía dos golletes. 

Cada uno de los esposos bebía en el que estaba á la 
altura de sus labios. 

— Así debéis beber la vida — decían las mariposas. 

— El mismo licor será, para vosotros, dulce y 
amargo. 

— En adelante todo es común para vosotros : las 
alegrías y las penas. 

— Bebed, bebed. Los primeros sorbos son embria- 
gadores. 

— Procurad que nada enturbie la bebida, que nada 
la agrie, que nada la trueque en veneno. 

— io8 — 



El Casamiento de Yamata 

— Que hasta la última gota, sea un filtro de amor y 
de felicidad. 

Se levantaron los esposos y ya quedaban unidos para 
toda la vida. 

Los asistentes fueron entonces á admirar la canastilla 
de la novia y los muebles que llevaba : trenzas, biombos, 
espejos de tocador, cofrecitos de laca, batería de 
cocina. 

Después se sirvió la comida en una galería que daba 
al jardín. 

Cuando hubieron acabado de comer y todos estaban 
embriagados, Yamata, que había tenido la vista baja, 
alzó la cabeza y miró á Miodjin de reojo. Le divisó 
un poco distante, en frente de ella. La dolor osa 
contracción y la palidez de su rostro, la impresionaron, 
y le hizo una señal para indicarle que quería hablar con 
él", pero el joven no la vio y levantándose, se fué al 
jardín. Yamata se levantó también y fué en su busca. 
Un sollozo desgarrador le indicó el sitio donde se 
hallaba. Estaba tendido sobre la hierba y lloraba 
amargamente con la cabeza entre las manos. 

— i Hermano ! . . . ¡ Hermano ! . . . — excla- 
maba Yamata arrodillándose cerca de él — ¿ Lloras ? 
I Qué tienes ? 

El joven se levantó vivamente. 

— ¡ Tú ! . . . ¡ tú aquí ! ¡ ah ! ¡ déjame ! ¡ déjame ! ya 
no soy el dueño de mi corazón ; lo ha desgarrado el dolor 
tanto tiempo contenido. ¡ No puedo más ! i Tú no 
debes asistir á la muerte de mi corazón ! 

— 109 — 



El Japón 

— I No soy tu hermana ? — dijo Yamata dulcemente. 
— I No quieres que comparta tus penas ? 

— I Pero eres capaz de venir á insultarme con tu 
felicidad ? 

— ¿ Mi felicidad ? 

— Sí, l no has comprendido que desde hace un año 
te amaba y llevo ya un mes sufriendo ? 

— El me escogió — murmuró Yamata. 

— Boitoro era más digno que yo de tu amor. Le 
he ocultado mi pensamiento para no entristecerle. 
Aliora déjame llorar. 

— ¡ Ali ! ¿ qué hemos hecho, Miodjin ? — exclamó 
Yamata estallando en sollozos — yo también pensaba en 
ti hace un año, pero también mi hermana te amaba y 
como tú, le oculté mis sentimientos para no entriste- 
cerla. 

Los dos jóvenes, aterrados ante esta confesión, se 
miraron largo tiempo en silencio. 

— Hermano mío — dijo después la joven llorando, — 
hay que resignarse. Soy la esposa de Boitoro. 

— ¿ Por qué lo hicistes ? 

— ¡ Ah ! por mil razones, que hoy me parecen 
mil lazos, dejé adivinar á mi hermana, que amaba á 
uno de los extranjeros que encontramos en la posada 
de " Los cañaverales florecidos." Estaba persuadida 
de que era á ella á quien tú amabas y tuve temor de 
que sospechara lo más mínimo si yo no aceptaba á 
Boitoro. i Para que sean felices, deben ignorar nues- 
tro dolor ! Somos las víctimas y también sufrimos 

— lio — 



El Casamiento de Yamata 

los dictados del Destino. No nos convirtamos en 
verdugos. 

" Pero mi hermana te espera. Parece amarte 
profundamente. No queramos que ellos sufran como 
nosotros. Sacrifiquémonos por su felicidad, ya que es 
irreparable nuestra desgracia. 

— i No, no ! . . . — exclamó Miodjin. 

— Miodjin I vas á tener menos valor que una 
mujer ? 

Miodjin bajó la cabeza y, después de un momento 
de silencio, dijo : 

— ¡ Hermana ! tienes un alma heroica. Yo estoy 
al borde de un precipicio sin fondo en que está abis- 
mada toda mi felicidad. Ya no me queda más que 
caer del todo en él. Me someto : mándame ¿ qué 
debo hacer ? 

— Casarte con mi hermana — dijo Yamata con 
voz temblorosa y con los ojos llenos de lágrimas ; 
— debes hacerla feliz en nombre del amor que me 
profesas, como yo amaré á mi esposo, en recuerdo 
tuyo. 

— Te obedeceré — dijo Miodjin — haré el sacrificio 
que nos ha impuesto una tierna amistad. Mañana 
colgaré en su puerta el ramo simbólico. 

— Gracias ; eres un hombre. El cielo nos recom- 
pensará en la otra vida por haber tenido la abnegación 
de renunciar á la dicha terrestre. Adiós, hermano . . . 
i Adiós ! 

— ¡ Adiós ! . . . i Adiós ! . . . — murmuró 

III M 



El Japó 



on 

Miodjin mientras Yamata se alejaba enjugando sus 
lágrimas. 

Y cuando dejó de ver flotar entre los árboles sus 
velos blancos, se arrojó sobre la hierba, para ahogar los 
sollozos que le estrangulaban la garganta. 



riN 



— 112 — 



índice 

PRÓLOGO, DE Juan Aicard 
EL JAPÓN 

Sus ORÍGENES 

La historia 

Los NOMBRES 

Tokio 

El Fousi-Yama 

Los TEMPLOS 

Diferentes tipos 
Los trajes antiguos 
La hora japonesa 
La fuerza física 
La ley 
Las fiestas 
Los jardines 
El arte 

Fabricación de la laca 
CUENTOS YLEYENDAS 
La ceremonia del te 
Una fiesta en la corte del Mikado 
La colina de la primavera 
El casamiento de Yamata 



PÁGINAS 

9 

17 
19 

23 
24 
26 
27 
29 
30 
34 
35 
36 
40 

44 
46 

55 

63 
73 
83 
87 



índice de ilustraciones 

Vendedora de crisantemos Frontispicio 

PAGINAS 

Pórtico sagrado 12 

El templo 21 

Escaparate de un vendedor de muñecas, donde er^tán expuestos 

los trajes nacionales 32 

La fiesta de las linternas 41 

Jardín japonés 5^ 

La calle de Mouromati 61 

Casa de te 72 

El palacio del surtidor de agua 81 

El pabellón de las mil campanitas 92 

Yamata y Mizou loi 

Camino del templo Cubierta 

Mapa del Japón, página 6. 



IMPRENTA DE LA CASA 
EDITORIAL HISPANO- 
AMERICANA. — parís 



UNIVERSITY OF CALIFORNIA LIBRARY 

Los Angeles 

This book is DUE on the last date stamped below. 



MAY 2 8 1956 



Form L9-10m-l,'52 (92U1 )444 



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